jueves, 19 de junio de 2025

Ber Stinco en los Acústicos del D7

 

Ber Stinco en los Acústicos del D7

miércoles, 26 de marzo de 2025

Leonardo Favio, EL ARTISTA de los dos siglos de historia argentina - por Ber Stinco

 Leonardo Favio logró construir un universo propio, pero su mayor virtud no radica solo en la singularidad de su obra, sino en su capacidad para condensar una mirada profundamente argentina. Su cine, su música, su estética en general configuran una cosmovisión que, con el tiempo, parece haberse vuelto parte del imaginario colectivo, como si siempre hubiera estado ahí, esperando ser revelada. En este sentido, su figura excede las fronteras del arte para convertirse en un fenómeno cultural de alcance mayor.

Favio no es únicamente un cineasta o un músico: es un artista total. Su sensibilidad lo atraviesa todo y dota a su obra de una cohesión interna poco frecuente. Su universo narrativo y musical no está compuesto por piezas aisladas, sino por fragmentos de un mismo todo, unidos por una lógica interna que no necesita ser explicitada. En su arte hay una continuidad, un código compartido que remite a una tradición popular pero que, al mismo tiempo, la reformula.

Si bien su obra es profundamente política, su enfoque no se inscribe dentro de los parámetros habituales del materialismo que caracteriza a buena parte del arte comprometido del siglo XX. En Favio hay una dimensión metafísica que lo diferencia de otras corrientes de pensamiento artístico e ideológico. No se trata de una metafísica abstracta ni especulativa, sino de una que se manifiesta en lo cotidiano, en los gestos, en la forma de construir las imágenes, en la manera en que el tiempo parece fluir en sus películas y en sus canciones.

Su estética, por momentos, adquiere un carácter onírico, pero no en el sentido evasivo o autorreferencial del arte contemporáneo, sino como un modo de experimentar la realidad desde la emoción y la memoria. En Favio, Argentina no es solo un escenario: es un territorio afectivo, una experiencia que se vive en carne viva.

En su faceta musical, esta sensibilidad también está presente. No solo en sus propias composiciones, sino en la selección de canciones ajenas que decidió interpretar. Temas como Chiquillada o Me estoy volviendo loco reflejan su capacidad para apropiarse de un repertorio y dotarlo de una nueva carga expresiva. Dentro de su propia obra, Mi tristeza es mía y nada más se erige como una de sus piezas más conmovedoras, mientras que Ella ya me olvidó y Fuiste mía un verano pueden considerarse expresiones paradigmáticas de la canción popular.

Más allá de sus distintas facetas artísticas, lo que distingue a Favio es la coherencia interna de su obra. Cada película, cada canción, cada imagen parece formar parte de un entramado mayor, de una poética singular que lo convierte en una de las figuras más relevantes del arte argentino.

martes, 25 de marzo de 2025

El crítico como arquitecto del deseo

 

Un buen crítico no es aquel que demuestra haber leído más que su lector, sino aquel que lo convence de que leer (o no leer) un libro es una acción significativa. Su tarea no es la de un juez que dicta sentencia, sino la de un arquitecto del deseo que construye el anhelo de hundirse en las páginas de una novela o, por el contrario, de evitarla como se esquiva una avenida en obra.

El crítico de talento no se contenta con enumerar virtudes y defectos. No pontifica desde un pedestal de superioridad libresca. En cambio, manipula la imaginación del lector, planta en él la inquietud, lo arrastra a la decisión íntima de abrir o no un libro, como si se tratara de una puerta misteriosa. No es tanto un guardián del canon como un traficante de entusiasmo o repulsión.

Por eso, los grandes críticos no son necesariamente los más justos, sino los más contagiosos. Un Borges, que hacía que cualquier libro pareciera imprescindible. Un Bloom, que convertía la lectura en un duelo. Leer sus reseñas es, en sí mismo, un acto estético, una forma de placer que a veces supera al libro del que hablan.

El crítico perfecto es aquel que, sin haber escrito una sola línea de ficción, logra que los demás vivan la literatura como si cada libro pudiera cambiarles la vida.

 

 

Una deriva sobre la mayonesa

 

Hace varios años, cuando viví una temporada en Mallorca, me hice adicto a unas galletitas que llevaban de nombre "Mahón". Eran de esas galletitas que uno no prueba por elección propia sino porque están ahí, al costado del café, y después de un tiempo te descubrís buscándolas en el supermercado con la sensación vaga, pero creciente, de que algo en tu organismo ha sido reconfigurado en torno a su existencia. Mahón es la capital de Menorca, la isla de al lado, y fue en Mallorca también donde alguien me aseguró con la autoridad de quien cuenta una anécdota mil veces repetida que la mayonesa fue inventada, o al menos popularizada, en Mahón. De ahí, mahonesa. De ahí, la gloria.

Porque la mayonesa, digámoslo sin rodeos, es una de las más grandes creaciones de la humanidad. No estamos hablando de un condimento menor, de un simple aditivo que embellece pero no transforma. No. Es la alquimia llevada a su máxima expresión: huevos y aceite combinados en una unión sublime a través de la pura magia de la física. La tensión superficial vencida, la cohesión impensada. Hay algo conmovedor en la mayonesa, en su insistencia en existir contra toda lógica.

Y lo mejor de todo es su ubicuidad, su voluntad democrática de mejorar cualquier cosa con la que entre en contacto. Sándwiches, por supuesto, que sin mayonesa serían apenas un triste conjunto de ingredientes apiñados entre dos rebanadas de pan. Pero también papas, ensaladas, carnes frías, sobras olvidadas en la heladera que de repente recuperan su dignidad gracias a una cucharada generosa. ¿Cuántas cenas de emergencia han sido rescatadas por un frasco de mayonesa? ¿Cuántos almuerzos de oficina han adquirido sentido gracias a su presencia discreta pero insustituible? La mayonesa es el pegamento universal de la comida casera.

Se la acusa de ser calórica, de ser opresiva en su sabor, de ser vulgar. Pero esto es puro esnobismo. La mayonesa no pide perdón por lo que es. No tiene pretensiones. Está ahí para servir. Y quizá, en estos tiempos inciertos, haya algo profundamente admirable en esa entrega absoluta, en esa vocación de estar siempre lista para mejorar la experiencia de quien la necesita.

jueves, 13 de marzo de 2025

Una deriva sobre el Papa Francisco

 

El catolicismo de Francisco es un raro vestigio de algo que el mundo moderno finge no necesitar: la idea de que la comunidad pesa más que el individuo, de que la misericordia no se negocia y de que la dignidad no se mide en rendimientos de mercado. En un tiempo donde la ética protestante sigue canonizando el esfuerzo individual como salvación y el liberalismo insiste en que la libertad es solo para quien pueda pagarla, el Papa habla de los últimos, de los descartados, de los que no entran en ningún cálculo.

El Papa me habla de los que me hablaban los poetas malditos en mi más tierna juventud. Los mismos que Rimbaud veía en los muelles, que Baudelaire encontraba en las esquinas de París, que Vallejo lloraba en una acera de Madrid. Los nadies, los rotos, los que el mundo deja atrás sin mirar. Pero a diferencia de los poetas, que los cantan con la melancolía de quien sabe que la historia no los absolverá, Francisco los señala como centro, no como margen. Porque sin bien el arte solo puede existir en los bordes, la misión de un buen cristiano es otra. No es la contemplación, ni la estética del derrumbe, ni la fascinación por la derrota. No es hacer de la miseria un símbolo, ni de la pobreza un lienzo. La misión de un buen cristiano no es cantar a los caídos, sino levantarlos. No es poetizar la herida, sino cerrarla. Y ahí está Francisco, con la obstinación de quien cree que el mundo no está perdido, que la compasión no es un lujo y que la fe—más que un refugio—es un llamado a hacer algo, aquí y ahora, con lo que tenemos, con lo que somos.

lunes, 16 de septiembre de 2024

Ber Stinco - bio - cv

Ber Stinco (1982, La Carlota, Córdoba, Argentina) es un músico, compositor y escritor. 


Discografía:

Postales de mi ciudad invisible (2008)

Todos somos el conurbano de alguien (2013)

Los fusibles quemados del amor (2014)

Venado Tuerto (2015)

La campaña del desierto (2018)

La insubordinación fundante (2021)

Elogio a la noche (2024)

Bibliografía:

Pequeño manual de los sueños (2005), ensayo.

Los jardines espaciales (2018), novela publicada por Casagrande Editora, Rosario.

Por tu culpa más que un loco (2020), novela publicada por Casagrande Editora.

La idea fija (2024), ensayo publicado por Casagrande Editora.

Ber Stinco también ha contribuido a la colección Rosario se lee (2019), destinada a las escuelas de la Provincia de Santa Fe, con el libro Variaciones de lo fantástico. En 2022, participó en el libro Abonizio en tierra firme, con un ensayo sobre el proceso creativo, junto a figuras como Juan Carlos Baglietto y Dora Barrancos. Ese mismo año, también colaboró en la biografía musical de Leonardo Favio, Era… como podría explicar, de Julián Otal Landi.


Colaboraciones y premios:

A lo largo de su carrera, Stinco ha compuesto música para teatro, radio y televisión, colaborando con artistas como Manuel Moretti (Estelares), Willy Crook, y Ciro Fogliatta (Los Gatos), entre otros. Además, compartió escenario con músicos como Fernando Cabrera y los Ratones Paranoicos.


Entre sus distinciones, destacan la Beca del Fondo Nacional de las Artes (2015) por su proyecto Azulejo, y su álbum La insubordinación fundante (2021), premiado como Mejor Disco del Año en la categoría Cantautor/Pop-Rock-Soul por Rosario Edita. En 2022, ganó el primer premio del “Programa Córdoba Escribe” en la categoría cuento policial por su obra El criador de cuervos, y en 2023 su proyecto audiovisual La inmensidad fue reconocido por la Legislatura de la Provincia de Córdoba.


Ber Stinco es una figura polifacética, que ha dejado su huella tanto en la música como en la literatura y las artes escénicas en Argentina.





viernes, 17 de marzo de 2023

Un mundo de dolor

Hace un par de años me invitaron a escribir sobre Carlos Busqued para revista Quema. Recién viendo tuits viejos de Carlos volví a buscar el articulo y vi que Quema ya no está más online así que se me ocurrió ponerlo acá para tenerlo a mano. 


 Un mundo de dolor

Carlos Busqued estuvo lidiando con el mundo toda su vida, por eso cuando en 2008 le llegó la notificación del mismísimo Jorge Herralde, fundador y director de Editorial Anagrama, con la noticia de que su novela estaba entre las finalistas del premio y que, aunque no lo había ganado, le había gustado tanto que había decidido publicarla, Busqued sintió que el mensaje venía de otro mundo. No del suyo, sino de uno donde las cosas estaban bien.  

A días de su fallecimiento su amigo Sergio Mansur figuró el particular perfil de Busqued compartiendo algunas de sus aficiones en las columnas del diario Hoy día Córdoba; “coleccionista de comics bizarros; amante de los pasajes más truculentos de la segunda Guerra Mundial y ensamblador de maquetas de aviones; defensor de la pornografía como espacio de inmunidad; adepto a desviaciones y rarezas de la naturaleza (…) Esta enumeración constituye sólo una parte del personaje, bastante parecido a él y fundamentalmente hecho de palabra escrita y relatos.”

Los datos duros dicen que Carlos Sebastián Busqued nació en Presidencia Roque Sáenz Peña, Chaco en 1970 “Me costaría contarte momentos felices de chico que no sean estar leyendo y estar solo” y que dejó este mundo de dolor en Buenos Aires, el 29 de marzo de 2021. En el medio vivió 25 años en Córdoba, donde se recibió de ingeniero metalúrgico y se cagó de odio como un culiado teniendo que soportar la opresora cultura hegemónica de la docta. “Si tenés un poco de sensibilidad Córdoba te aplasta” dijo en una entrevista. En sus tuits Carlos solía renegar del cuarteto y del multimedio Cadena 3, este último tal vez la punta del iceberg de aquel 70% del voto amarillo en la provincia mediterránea. Pero su paso por Córdoba también tuvo cosas buenas, una cofradía de amigos “El circulo de la serpiente”, los primeros acercamientos a la escritura y su trabajo como productor radial en los programas El otoño en Pekín, Vidas Ejemplares y Prisionero del Planeta Infierno, además de haber colaborado en la revista El Ojo con Dientes.

En 2007 se mudó a Buenos Aires donde residió hasta su muerte. Busqued trabajaba en la Universidad Tecnológica Nacional y además dos veces al mes viajaba a Córdoba a dar clases. Escribió dos libros, Bajo este sol tremendo (2009) y Magnetizado (2018) y participó en el último número de la mítica revista Cerdos y Peces, medalla que se colgó con orgullo ya que era un admirador de la revista y de su creador, Enrique Symns.     

 

“Todos somos nuestro propio libro explicativo de por qué salieron mal las cosas”, escribió Carlos Busqued en Twitter el último 22 de marzo

 

 

Bajo este sol tremendo

Su única novela está ambientada en un pueblo chaqueño ficcional que era la mezcla de dos pueblos reales, “Lapachito” es una de esas poblaciones abandonadas donde lo único constante es la sordidez y el calor. “Chaco es un lugar muy concreto, vos te tenés que poner mucho las pilas porque si te caes ahí a los dos meses están los huesos” comentó el autor mientras mostraba la calavera de un mono carayá que adornaba su biblioteca en una entrevista que está disponible en YouTube.

La prosa de Busqued es escueta, parca, concisa. Se da maña para ir amasando suspenso, la escritura está al servicio de sus bestias; Personajes un tanto anestesiados por la marihuana y el alcohol, aunque más que eso dan la impresión de alejarse del mundo como reflejo de supervivencia. Busqued dijo que trazó una línea y descartó todo lo que no hacia al texto monolítico. Repetía mucho ese concepto “monolítico”. Si, el ingeniero que construía monolitos. Nada sobra en la literatura de Busqued, nada es ornamental, si sacas una palabra se te cae la oración al piso.

En Bajo este sol… son varias capas. Mientras se transita la historia principal, solapada pero en el mismo tono, se cruza una meticulosa analogía simbólica representada en la ferocidad del mundo animal; insectos, elefantes, calamares gigantes. También hay humor, mucho humor y metáforas dosificadas que redondean a esa salvaje criatura que forjó Busqued y conquistó a Herralde.      

En los años siguientes la novela fue traducida al alemán, al francés, al italiano y al inglés. En 2017 Adrián Caetano llevó su adaptación a la pantalla grande: “El otro hermano”, a Busqued la película no le gustó, incluso dijo que tardó un buen tiempo en verla.    

 

Magnetizado

Es septiembre de 1982, Ricardo Melogno es un joven de veinte años recién salido del servicio militar y acaba de cometer la seguidilla de cuatro asesinatos de taxistas en una semana, todos en la misma zona. “Esto es matar por matar” la operatoria de los cuatro crímenes fue calcada. Ricardo se tomaba un taxi, en un momento lo hacía detener y disparaba su pistola calibre 22 cerca de la sien del chofer, después se fumaba un pucho acompañando al moribundo. No le interesaba la plata, se llevaba la documentación y solo en un caso se llevó unos pesos. De ahí se iba a comer a un bar de taxistas, también por esa zona de Mataderos. El caso tuvo en vilo a la policía y los medios pero solo un tiempo - dijo el autor - ya que entonces se vivían los últimos coletazos de la dictadura y se empezaban a conocer crímenes incluso más macabros que los de Melogno.

La muerte siempre estuvo en la obra y en las intervenciones públicas de Busqued, en sus tuits, en su blog. Es que ¿Acaso hay tema más importante qué ese? 

En Magnetizado Busqued desaparece y más que una crónica escrita parece planteado como un documental audiovisual. Herzog dice que “el cine documental debe desasociarse del periodismo” Busqued en su libro parece seguir y conseguir esa máxima. Me refiero a la categoría de “periodismo policial” que desde el vamos se para en una orilla y desde ahí señala con el dedo de manera tendenciosa. Donde el encuentro con el otro siempre está mediado por alguien que es normal y todo el tiempo está diciendo que él es normal y el otro es un monstruo. Apropósito de esto Enrique Symns solía decir “fijate si tomará partido el periodismo que tiene una sección que se llama policiales” este no es un dato menor en la obra de Busqued, es un factor homogenizante que recorre sus dos libros. De alguna manera lo que se reitera en la obra de Busqued es que no hay monstruo. Que ser o no ser el monstruo es una cuestión de perspectiva, de encuadre, de sistema. Porque mientras haya un monstruo para señalar nos quedaremos tranquilos, pues el monstruo no seremos nosotros, porque acá pareciera que la patria, como el monstruo, siempre es el otro.

En Magnetizado el trabajo de investigación es exhaustivo. Reconstruye el caso a partir de más de noventa horas de entrevistas, recortes de diarios de época, documentos forenses y testimonios de psiquiatras. La clave de la segunda y última obra de Busqued es el montaje, en el cual lleva adelante una apuesta estética muy bien lograda, buscando el efecto de arrancar de cuajo la subjetividad, por tramos lo logra y la voz del cronista desaparece por completo.  

 

El Busqued de Twitter

“Aguante fingir la propia muerte”, tuiteó el 16 de enero de este año desde su cuenta Un mundo de dolor @carlosbusqued.

Después de su fallecimiento armaron Un mundo de dolor bot @perdondm que hace parecer que Busqued sigue tuiteando desde ultratumba. Sus comentarios tienen la capacidad de actualizarse automáticamente en cada relectura, con cada retuit. En ese antro, el más lúgubre de las redes sociales, el ingenio corrosivo y nihilista de Carlitos parece no tener fecha de caducidad.

“Twitter es la interacción social que puedo sostener: la corto cuando quiero y me voy a dormir”

En la decena de entrevista que podemos ver de Busqued en YouTube se advierte como su voz profunda y su aspecto gigantesco – tal vez en la línea de Laiseca -  contrasta con su risa infantil y esas remeras con frases de corte humorístico. 

Si nos vamos más atrás en el tiempo no podemos obviar la memoria de su blog personal, sito en http://borderlinecarlito.blogspot.com/ y abandonado por el autor el 17 de diciembre de 2016 aunque aún sigue ahí, iluminándonos con su luz de estrella muerta. En Borderline Carlito están sus obsesiones y algunos experimentos mezclados con reflexiones a modo de diario de aquellos años.   

Busqued fue un hijo de la clase laburante de la argentina profunda que conoció y sintió en carne propia “Esa sensación de estar siempre en el reculo del mundo”. Además venía de otro palo por lo que nunca fue parte de los esos guetos aduladores de aura palermitana tan propios de los talleres literarios. Busqued dejaba en claro que odiaba esas “mariconadas” de sobarse el lomo y festejarse los delirios de grandeza mutuamente. Tampoco tuvo un respaldo familiar que le auspicie el berretín y ni siquiera ligó el típico puestito por contactos. Nada lo condicionaba y así andaba sin careta por la vida, apuntando y disparando con ese gatillo fácil que nos da twitter.

“sin cine nacional creció el aburrimiento de hijos de sojeros que se dedicaban a ese hobby”

En el medio se comió una “cancelación” ese cover siglo XXI y bajas calorías del escrache fascista que implementaban los seguidores de Mussolini.

Omar Genovese dedicó un artículo en Diario Perfil titulado; “Carlos Busqued ¿en qué quedó la causa por abuso sexual?”

Las imputaciones quedaron en la nada. El Dr. Bernardo Beccar Varela, su abogado, facilitó la documentación a los medios acreditando el estado de la denuncia tanto en el ámbito de la Justicia Civil como en la Penal. Aclaró Beccar Varela que al momento de la denuncia a la supuesta víctima se le ofreció de manera explícita ejercer la instancia en el ámbito penal (presentarse para que se lleve adelante el proceso penal), de lo cual manifestó no hacerlo y consta en los archivos de la misma. 

En síntesis, la denunciante nunca se presentó mientras que Busqued se presentó en ambas causas poniéndose a disposición de la justicia para acreditar que los hechos denunciados no ocurrieron de la forma en que fueron relatados en la presentación ante la Oficina de Violencia Doméstica. Más tarde, el trámite civil se archivó luego de que se declaró el desistimiento (motivado por la falta de comparecencia de la denunciante a las citaciones que le hizo el Equipo Técnico del juzgado). Y, finalmente, la causa penal se archivó porque la misma denunciante no instó la acción penal.  

***

“la música linda siempre parece hablar o venir de un mundo que no es este”

Sun ra, heavy metal, Zappa, dicen que últimamente andaba en un proyecto novelado sobre Nimrod de Rosario y el esoterismo hiperbóreo. No pudo ser. Él decía que escribía para que la gente lo disculpe “entiendo que soy bastante pelotudo”.

Carlos Busqued nos dejó una obra tan breve como sólida, con él se fue una forma de habitar la literatura. Más allá de sus sentencias, tan filosas como risueñas, y de esa deliberada construcción de personaje que tanto disfrutamos, Busqued fue dueño de una sensibilidad y un talento particular, macerados con lucidez e introspección, y ese radar corrido que detectaba joyas en este barro de mediocridad. No es poco. Busqued ya dejó este mundo de dolor, y ojalá haya llegado al cielo media hora antes de que el Diablo se avivase que había muerto.

 

   


Por Ber Stinco  

miércoles, 4 de abril de 2018

1994


I
Hay quienes dicen que todos los pueblos de la llanura pampeana son iguales y repiten de memoria; La plaza, las vías, la vuelta al perro, la Iglesia, el bar, la comisaría y demás clichés. Para encontrar la belleza no hay que mirar a las cosas de frente. Hay que orbitarlas, hay que jugar a lo ancho hasta encontrar el hueco, hasta intuir la verdad oculta. Son cuestiones de encuadre, de espacio, como los pases de Bochini, como los cuentos de Salinger.
Durante muchos años la vieja cancha de Ross fue uno de los pocos y privilegiados lugares en La Carlota que preservaban su esencia. En una pequeña ciudad que crece imperfecta y en cámara lenta, la cancha del Puente, siguió la línea arquitectónica del art Decó que trajo el intendente Francisco Alonso y que aún vemos reflejado en la impronta de lugares icónicos como la pileta municipal, la esquina del juzgado, la plaza del cañón o la misma municipalidad.
Los protagonistas de esta historia tienen, en 1994, doce años. Se trata de tres chicos que se juntan en la esquina del Hotel El Indio para ir a la cancha por primera vez solos, sin padres. Uno de ellos soy yo, los otros son Gonzalo “El Salvaje” y José Gonzalo “El Bigote”.
Había bruma o lloviznaba, no lo consigo precisar, salvo que las condiciones para jugar eran duras. A la épica le va mejor con la lluvia. Las discretas luces dejaban profundos callejones de tinieblas donde los wines y los laterales improvisaban ardides invisibles. Nosotros, como tres maniquís, inmóviles y silenciosos, tomando conciencia de que ya formábamos parte de La Perrada, la hinchada de Jorge Ross. Entonces, de a poco, empezamos a poner cara de barrabrava.
Con El Salvaje y Bigote entrenábamos con la 82, a decir verdad ellos más que yo. Yo iba a veces, nunca fui muy dúctil para los deportes y tampoco tenía la intención de jugar los fines de semana. Pero patear algunos miércoles, en esa cancha, era un placer. Hasta pasados mis veinte años me gustaba mucho hablar de fútbol, pero nada especial, más o menos repetía la misma sarta de boludeces que dicen todos.
Cuando empecé a jugar, a los ocho años, mi abuelo, identificado con Central, me fue a ver al primer partido y uno le dijo “¿Qué hace tu nieto acá, chaqueño?” – “Viene a hacer la primaria, cuando aprenda lo llevo a Central”. Pero yo no aprendí nunca, y me hice de Ross.
II
Cuando estás viendo fútbol, si la experiencia va bien, la cancha es lo único, el resto del mundo se apaga como una radio. Es la liga de Canals, el fútbol chacarero del sudeste de Córdoba, el que se juega en canchas peladas. En el que se putea a los hinchas de la contra con nombre y apellido, y con los compañeros de tribuna en silencio, aguardando, para apenas terminado el agravio, emular la muletilla de la vocal estirada en un gol errado.
Los buenos equipos de la historia de Ross generalmente fueron equipos de atorrantes, Ross es un club de atorrantes, de desfachatados de mil maneras distintas, para bien y para mal.
Yamil Sibona, el wing, saluda, levanta los brazos, la gente aplaude, los pibes gritan. Las medias bajas, las piernas arqueadas, el porte de crack. Y yo pienso, en este olvido del que son parte los jugadores del olvido, que Yamil en 1994 era nuestro Houseman.
Desprolijo e improvisado, como la vida. Yamil Dario Sibona, la cara de la gloria, la cara del recuerdo. Por un instante lo visualizo, lo traigo al presente, y ese instante dura hasta ahora, que lo escribo.
Las trayectorias opuestas pasan de largo, muy rápidos o muy lentos, no dan con el dribling del wing, que va abstraído, en el gesto, arrancando de raíz los laterales, impávidos y temerosos perseguidores.
Atraviesa el campo, extraviado de los que no despiertan, para detener la carrera en el punto donde chocan las líneas de cal. Eleva la vista ante la mirada de angustia del marcador, murmullos y un técnico frío eleva su voz colérica, todo te nombra, wing.
Inmovilidad y latigazo, el resto de la zaga acude en socorro del lateral derrotado, mientras su corazón es una fiesta, la resistencia se consume, en la nebulosa. Su revolución lúdica, una despiadada cadena de humillaciones que purifica los ojos. El utilitarismo debería suicidarse. El mago de la alta sombra, portador de la palabra lacerante, te nombra, wing.
Un wing, dos wines, mil wines. De medias bajas, desgarbados, atorrantes, desaforados, que humillen las estadísticas, la efectividad, el orden, el sistema y el utilitarismo. Que el olvido absuelva a todos ellos.
III
Dicen que los griegos creían que las cosas ocurrían para que los hombres tuvieran algo que cantar, yo no creo que con todo pase así, pero con el fútbol, en Argentina y Uruguay, sí. La pelota se mueve para que los juglares lumpenes de atrás del arco puedan remozar su oficio.
La hinchada de Ross hace covers de River, de Boca, de Racing y de Newell´s, aprovechando con este último la coincidencia de los clásicos rivales de nombre Central.
Ross se llama Ross porque hace más de un siglo mataron a un tipo de nombre Jorge con ese apellido (aunque en realidad originalmente era Smith, pero su familia se lo cambió al llegar a la Argentina) entonces una vez finado Jorge, pionero del fútbol de la región, los dos clubes que existían en La Carlota decidieron fusionarse y honrar su grato nombre.
Sin duda la canción histórica de las hinchadas carlotenses es el “somos los negros de La Carlota/ el que no es choro es criminal/ el más cobarde mató a su madre y el más valiente pa que vamos a hablar” sobre la melodía de la marcha peronista. Podemos rastrear versiones de este cantico en las hinchadas del Colo Colo chileno, Sarmiento de Junín y Boca Juniors durante la década del 70.
Nosotros la cantábamos siempre, cuando viajábamos a otros pueblos, cuando salíamos de excursión con la escuela y, más tarde, la cantaríamos cada vez que nos poníamos en pedo yendo o volviendo del boliche.
IV
El Salvaje se adelanta, agarra una bandera y se trepa al alambre, con su campera Adidas verde, mojada, y sus ojitos brillosos. Tiene la respiración agitada. No puede saber que dentro de unos años se va a ir a vivir a Ushuaia, y después a Nueva Zelanda, y que casi no lo vamos a volver a ver. Todavía no sabe siquiera que va a repetir tercer año, ni que nos vamos a fumar nuestros primeros porros juntos.
El Salvaje no sabe y Bigote tampoco, pero yo ya tengo ganas de que todo sea escritura y que la tinta sea igual de importante que la sangre.  

Bernardo Stinco, Monte Hermoso, 1 de abril de 2018 

martes, 13 de marzo de 2018

El asesinato de Jorge Ross

Si él se hubiera avispado. Si hubiera advertido, si se hubiera dado cuenta que los roles desaparecen de buenas a primeras con la inmediatez de un relámpago. Si hubiera percibido que el estatus es una ficción y que la neblina desperdigada en la mirada de aquel hombre solo profesaba la antigua fe del hierro. Que la marginalidad destruye y denigra cualquier código social y que los modales de patrón muchas veces se disgregan en el arrabal. Si él hubiera intuido que cualquier momento de la historia es el fatal resultado de todos los momentos anteriores y que observar con atención corresponde a recordar con claridad.
No he de narrar aquí una tesis, tan solo me limito a exponer el singular relato del crimen más mentado del pago de la Punta del Sauce, el asesinato del jefe político de Juárez Celman.
Versiones, dudas, cálculos e hipótesis que llegan hasta nuestros días. Todo es polvo de tiempo. Ya no quedan esos hombres pero perdura un nombre, un nombre que ya ni siquiera es suyo, un nombre que nadie asocia con su rostro, el nombre de una divisa, de un escudo, de una calle compartida.
La voracidad y el rencor son de las pocas cosas que tienen los que no tienen nada, y Celestino Fredes no tenía nada, ese mismo domingo había sido detenido en la cancha de carreras de caballos por generar disturbios, en eso andaba cuando se cruzó con Mariano Rodríguez, mano derecha de Ross, y terminó en la taquería. Y fue el mismo Jorge Ross, su víctima, quien ordenó que lo liberaran.
Cuando el niño bien se encontró con el hombre sin historia ya era tarde. Dios no atiende en La Carlota, sabe. En la anarquía de un río revuelto, en el cuerpo a cuerpo en que derivó el destino, tal vez pensó, con los azares consumados, desordenadamente, en el reino de los cielos.
La ruina de todos los hombres comienza en el cenit de su existencia. Si él se hubiera dado cuenta que la muerte no existe en antagonismo a la vida sino, tan solo, como parte de ella. Si hubiera advertido esa noche que ya no habría una luna que no sea espejo del pasado.  



Bernardo Stinco, La Carlota, 13 de marzo de 2018 

domingo, 11 de marzo de 2018

La balada del Charrúa.

Son hallazgos ínfimos,
la sutil belleza
que se guarda
en los pliegues
de la memoria
es lo que termina
salvando al mundo.
Hay algo oculto
en la esencia de las cosas
que nos enamora de ellas.
A veces un gesto ínfimo,
un reflejo simple
que delata la cualidad irresistible.
Vivir de tal manera.
No sé cómo explicarlo,
pero vos me entedés.
Agradezco que me di cuenta.
De eso que te das cuenta de chico,
cuando la vida le gana a la dialéctica.
Ahora
Mientras la cena
Parte la noche en dos
El silencio me hace pensar
Central Córdoba
es el ritmo del tren sobre los rieles,
un vagón atravesando la distancia.
Es difícil encontrar compañía
si lo que uno quiere
es pensar
Central Córdoba
Es una canción sencilla,
un asado de falda.
Es un grupo de amigos
yendo a bailar en bondi
a la loma del culo
rebotando en la puerta
con el patovica.
Es quedarse todos afuera
porque no dejaron
entrar a uno.
Central Córdoba
Es el sabor de la sangre en la boca
después de las trompadas en la plaza
contra una banda de otarios
tres años más grandes.
Pelear espalda con espalda
es Central Córdoba.
Es coger de parado
tomar vino en caja
hasta vomitar en colores.
También se puede
morir parado
y acompañado
Es olor a tuca
y tacto de ojotas en verano.
Es ir con la quincena
recién cobrada
a la carnicería
y pedir mollejas.
Es reírse en público
Y llorar con fe, en privado.
La fe no es un poema,
no es una palabra,
ni un pájaro,
ni una canción idiota
de Palito Ortega.
Tener fe
Como un borracho a que le fíen.
Como un perro cruzando la autopista de noche.
Como un parque de diversiones abandonado.
Como mi abuelo en la cama del hospital.
Tener fe
con el boleto del caballo
que perdió ayer.
Sin optimismo,
sin ilusión,
sin quedarse,
ni irse.
Tener fe.
Tener fe
como la primera ramita que forma un nido
Como el kiosquero que le fía al borracho.
Tener fe en que esté fría
la cerveza que nos fio el kiosquero.
Central Córdoba
tercera posición,
es andar con el grafiti
de Villa Manuelita
pintado en la cara.
Es el viejo del Pupe
dejando el auto en cumbia
para comprar pizza
en la Santa María.
Una pelota de papeles.
Un barrilete en un baldío
Me di cuenta
en el octogonal de 1993.
Mirando el partido contra Colón.
Salvo por el mundial de Italia
o la Copa América
nunca había visto
a todos del mismo lado.
Entonces entendí,
Igual si no lo entendés
no te voy a culpar.
Serás así...
A mí no me sale
un sentimiento sincero
por los del embarcadero
pero menos
mucho menos
por los poderosos
no me sale la porteñofilia
no me sale querer
que pierda el de abajo.
Como ver los pitufos
Y querer que se los coma Gargamel
como ser fan de Esqueletor
como ser fan de Liberm*n
No existe esa clase de amor…
¿Cómo vas a estar en contra
de que el pobre se divierta,
flexibilizador emocional?
Pienso
sin cerrar las manos
sin abrir los ojos
No quiero que ganen
los que ganan siempre,
no quiero que pierdan
los que pierden siempre
ni siquiera en el futbol,
que es lo más importante
de lo menos importante.


Bernardo Stinco, La Carlota, 8 de marzo de 2018 

martes, 6 de marzo de 2018

Cine Marconi


Es 1988. Estamos en el cine Marconi, el largo brazo de luz perforando la oscuridad. Mis ojos fijos en la pantalla. Es una película de una chica pelirroja de nombre Pippi, todos visten de manera chistosa y cada tanto entra a escena un caballo blanco y un mono tití llamado Señor Nilsson. Después veremos, en continuado, Las aventuras de Chatrán, la cual ya vimos varias veces pero nunca es suficiente cuando se trata de ese gato aventurero. Es un sábado a la tarde y la matinée rebalsa de chicos. Gritamos, aplaudimos, golpeamos los pies contra el piso y ante cualquier desperfecto técnico puteamos con nombre y apellido (y en falsete) al encargado del cinematógrafo.
Antes llegamos caminando por las tranquilas calles de La Carlota junto a mi hermana y a las hijas apenas mayores de una amiga de mi madre que hoy auspician de responsables. Evidentemente es la siesta del sábado, todos los negocios están cerrados y solo el ruido de alguna moto interfiere con la calma.
Corrimos por todas las veredas y nos detuvimos al llegar a cada esquina para cruzar de la mano de las responsables, tal como indica el protocolo en estos casos, aunque a la altura de la pileta municipal cruzamos desbandados por la emoción de ver el kiosco abierto. Ese kiosco emplazado a metros de la vidriería de Rodríguez, donde compramos la latita de pastillas billiken que estamos comiendo ahora. Después, en el intervalo, volveremos a buscar provisiones pero acá, en la entrada del cine y serán una caja de Sugus confitados y una de maní con chocolate.
Son los años de Volver al futuro, de Los Goonies, de los Bici voladores y Karate Kid. También son los años en que el cine argentino sacaba una copia local de cada éxito de Hollywood, como los casos de Monguito, el ET nacional y popular, y Gult, el Alf criollo que acompañaba a Emilio Disi y podía robar billeteras con la vista.
Mezclando un asunto y otro, recuerdo que la pesadilla más recurrente de mi infancia también estuvo escenificada en el cine Marconi; ingresaba yo de la mano de mi padre, y en el estricto momento de entrar a la sala nos separábamos, uno por cada puerta, y ahí solo, en la oscuridad, me estaba esperando Drácula. No cualquier Conde, era el de Bela Lugosi en blanco y negro, única imagen del vampiro que yo conocía hasta ese entonces. Lo soñé tantas veces que puedo recordarlo con lujo de detalles.
Los cines de pueblo y de barrio murieron en los noventa para convertirse en templos religiosos o boliches. A decir verdad durante mi adolescencia no reparé de manera consciente en que el lugar donde íbamos a bailar, El Bosque, era el mismo donde solo algunos años atrás nos reíamos con Larguirucho.
Imaginar que en otros tiempos fue más diversa y abundante la vida es una conjetura errónea y de cepa nostálgica. Además, tan invasor es el olvido… Dicho esto me veo en el deber de subrayar que entonces para un chico del pueblo, entrar al cuarto oscuro por avenida Vélez Sarsfield y encontrarse de repente en Egipto o California, en el espacio exterior, entre Cowboys o extraterrestres, animales exóticos o superhéroes junto a sus amigos era una de las experiencias más maravillosas que podía ocurrirle.

Bernardo Stinco, La Carlota, 6 de marzo de 2018

lunes, 26 de febrero de 2018

La Tía Nati


I
Bien, ahora mismo, desde un verano de los noventa, estamos charlando con los pibes de la escuela en algún banco de la plaza del cañón, en mi casa no se hablaba de muerte ni de sexo. Con mis amigos no hablábamos de otra cosa. Es de noche, el olor de las plantas, la humedad en el aire, cierro los ojos y veo ese trecho de ruta. Ese mismo, semejante a un áspero serrucho con tantos y tantos pozos, ya estamos saliendo del pueblo, a mano derecha el almacén de la Mabel, abierto, siempre abierto, más adelante la quinta de Olmedo, la feria y después del camino que va al IPEA y la curva, el Aero Club.
A Huanchilla, a Laboulaye dicen los carteles de chapa a un lado de la ruta. Hace un rato escuchamos de punta a punta el cassette de La mosca y la sopa y ahora suena en la radio, oportuno, El rock del gato. El tío de alguien aparece en una F100 volviendo de frente, en la curva, un poco antes de la quinta de Benítez, que lastima, si lo encontrábamos allá nos iba a tener que pagar algo… Vamos a la Nati, vamos en remís.

II
"¿De quién sos?" preguntan los parroquianos en la puerta para identificarnos. Yo dije "hijo del Pájaro", los otros dijeron otras cosas. “Pasen chicos, pero no rompan las pelotas”.  Entramos. Ahí está la tremenda fonola, al fondo, y sobre ella un tipo de camisa a cuadros, unos cuarenta años, pasando los discos con la flechita. Luego de tantos años y tantos cambios, cierro los ojos y todavía las veo. Veo todas las fonolas del pueblo, la de la EG3, mi favorita, con los discos de Los Stones, AC DC y uno de Los Abuelos. Recupero por un momento cada detalle de esos firmes recuerdos de la adolescencia. Arranca el hit de Grupo Sombras y un veterano se queja desde atrás de la barra, “poné un lento para apretar, pajero”.  

III
Luz roja para el lado de afuera y tenue para el de adentro, iluminando apenas el centro y dejando en penumbra a los rincones. La arquitectura contemporánea busca ser impersonal, invisible a partir de la funcionalidad. Debe permitir la circulación rápida de individuos y mercancías, tiende a reducir el espacio a su dimensión puramente geométrica. La Nati, en cambio, reúne una intensa mezcla de fragancias y tonadas que viajan y pululan por el aire del lugar, ejemplo exagerado, aquella paraguaya, perfumada, acodada en la barra, tomando un té en vaso de whisky.

IV 
Es 28 de diciembre de 1997 y con Men*m en la presidencia el día de los inocentes parece una redundancia. Estamos acompañando a un amigo que le cortó el pasto de todos los familiares y vecinos para juntar los cincuenta pesos que se gastará en menos de cinco minutos. ¿Van a tomar algo? ¿Van a pasar? – todavía no, digo. Apenas si nos alcanza para el remís, pero a eso no lo digo. Igual no hace falta, estamos juntando monedas para comprar un porrón, las chicas ya ni se nos acercan. Los demás caballeros, en cambio, caminan, chapan, chupan, fuman, bailan, gritan y harían más ruido si se les ocurriera como.

V
Nuestro pollo, el de los cincuenta pesos, ahora le mete un trago largo a la botella, como tomando impulso. “¿Cincuenta pesos? La entrada al boliche sale siete con consumición.” Dice el rata del grupo, él que se pasa los sábados llamando a la radio para conseguir esa entrada gratis.
¿Cuántas veces contamos la misma historia? ¿Cuántas veces la cambiamos, la reinterpretamos, la editamos? Nuestra historia no es nuestra historia, es tan solo un nuevo recuerdo de alguno previo. Y esa entelequia es el material con el que construimos el relato de nuestra vida.

VI
¿Dije que iba a gastarse los cincuenta pesos en cinco minutos? Soy un exagerado… A los dos minutos estaba afuera. Nos volvemos en remís, cuando pasamos por el Aero Club uno dice “mañana vamos a venir a esta pileta, los del de monjas tienen equipo de fútbol y vienen acá” No le damos bola al comentario, seguimos hablando de sexo y economía. Todavía no sabemos que los términos de la economía no rigen para la vida. En la economía las ganancias se acumulan y las pérdidas no. Pero en la vida, las que se acumulan son las pérdidas. Las ganancias pasan... en cambio, el dolor, las ausencias, los fracasos se acumulan.
Fogwill dijo en un cuento, que los días, cuando nos resultan parecidos unos a otros, suelen darnos una constancia y esa semejanza produce sensación de felicidad. En esos veranos, en La Carlota, los días, de semejantes, parecían no terminar nunca.



                                             Bernardo Stinco, La Carlota, 26 de febrero de 2018 

sábado, 10 de febrero de 2018

La Leyenda del Toro Almirón

Se morían los ´80. Mi primo Roberto y yo estábamos sentados en el cordón de la vereda frente a la casa de nuestros abuelos. Habíamos comprado en el kiosco unos chocolatines que venían con unas calcomanías de los Thundercats. Era una mañana de verano. Entonces lo vimos venir. Rober se puso pálido. Entonces le digo, asustadísimo: “Metele, que nos lleva”. Corrimos hasta la puerta y empezamos a subir la escalera a las zancadas, no teníamos más de 6 años y ese gaucho barbudo de ojos enturbiados, rodeado de perros, con una bolsa en el hombro, nos causaba terror. El Toro Almirón era famoso, lo conocía todo el mundo en La Carlota, aunque en ese momento de decadencia homeless se podría decir que era tristemente célebre. Nosotros, por supuesto, también habíamos oído su leyenda, pero la versión infantil, que lo pintaba como una especie de viejo de la bolsa alternativo. En cambio, la data que manejaban los adultos era mucho más jugosa; decían que había sido un bon vivant, que la despilfarró entre viajes, joda y la poética quimera de construir un barco para navegar desde el río Cuarto al Paraná. Decían, también, que había recorrido catorce provincias a caballo para llegar hasta la Casa Rosada, a entrevistarse con su amigo, el Presidente Perón. 
El Toro lucia como un Cafrune viejo y en situación de calle, pero eso lo sé ahora que se quien fue Cafrune, en esa época la imagen proponía un enigma, y yo lo relacionaba con algún villano de Titanes en el Ring. Como un primo malo del campo de Karadagian mezclado con Gargamel de Los Pitufos. 
Don Luis Almirón había nacido en las primeras décadas del siglo pasado y legó de su padre un apodo y una cuantiosa herencia los cuales a la postre resultaron claves para forjar su leyenda. Recuerdo largas charlas mentando al Toro en los recreos del Fortín Heroico. Todos mis compañeritos de primer grado le tenían miedo. Me atrevo a decir que, a los que en los ochenta fuimos habitantes niños de La Carlota, nos resulta imposible extirpar su cara y su nombre de aquella época. 
Dicen que lo primero que hizo cuando tuvo dinero fue rajarse a Capital junto a un grupo de amigos, nada muy original, pueblerinos con ansias de encandilarse con las luces del centro. Pero Buenos Aires los cansó y terminaron cruzando el charco para instalarse como asiduos del casino de Montevideo. Fue tal el rigor que el bolsillo empezó a boquear, la herencia comenzó a achicarse y la comitiva encabezada por el Dandy de tierra adentro debió abandonar la banda oriental. 
De regreso al pago un tal José Carranza lo tentó para construir un catamarán que uniría al modesto Chocancharava con el Paraná. El armador y financista fue nuestro héroe, quien soñó con surcar su río poéticamente cual Mississippi criollo. Almirón liquidó su último resto en ese idilio náutico, que si bien no prosperó en lo factico, si logró agregar una de las páginas más doradas a su leyenda. 
Ya en pampa y la vía, el Toro, hasta ahí un compadrito, decidió cambiar de argumentos y salió a buscar otros rumbos. Algunos dicen que se fue detrás de una pollera, otros que partió para administrar un campo, los menos especulan con que se fue del país. Pero lo cierto, es que hasta entrada la década de cincuenta le perdimos el rastro. 
Pero un día el hijo de este confín de la llanura volvió, esta vez como un gaucho hecho y derecho; Cambió trajes por botas rurales, su célebre sombrero negro de ala ancha y facón a la cintura. 
A veces sueño que el Toro viene buscarme y yo sin preguntar nada me subo a un caballo y partimos a recorrer la pampa. Caminos vagos, huellas de polvo y pastizales. Remolinos de arena, liebres, peludos, iguanas y breñas resecas. El caballo del Zorro se llamaba Tornado, el del Llanero Solitario, Silver y el del Toro Almirón, Chimango.
Almirón había pulido su artesanía de domador junto al Chimango, que brioso le correspondía el rebusque que consistía en llevar aquel privado arte gauchesco a la categoría de numero de feria. La coreografía empezaba desde un punto aéreo, abalanzado, donde la ductilidad y la comunión entre hombre y bestia encuentran su cenit. La resonancia inmensa de la soledad de la llanura descifrada en la energía del matungo en suspenso, buscando el cielo. La rápida parábola como un baile y el criollo veterano como director de ballet.
En los azares de la vida Almirón fue dandy, noche y partida. Fue compadrito en el Uruguay, naviero en las pampas, gaucho y domador. Fue nuestro viejo de la bolsa y monarca lumpen, rey de los perros de la calle. Murió en una casilla pegada a su rio a finales del ´91. 
Aventuras y excentricidades, la suya fue una vida donde hubo una intención de belleza. Ni la perspectiva que da el tiempo logra ordenar los caminos. La lógica utilitarista reclama un orden, un supuesto significado que la existencia no tiene. El Toro siempre circuló por donde esa absurda lógica del mundo es puesta en duda y todas las desesperaciones lo siguieron en círculos, como sus perros.


Bernardo Stinco, La Carlota, 10 de febrero de 2018