miércoles, 4 de abril de 2018

1994


I
Hay quienes dicen que todos los pueblos de la llanura pampeana son iguales y repiten de memoria; La plaza, las vías, la vuelta al perro, la Iglesia, el bar, la comisaría y demás clichés. Para encontrar la belleza no hay que mirar a las cosas de frente. Hay que orbitarlas, hay que jugar a lo ancho hasta encontrar el hueco, hasta intuir la verdad oculta. Son cuestiones de encuadre, de espacio, como los pases de Bochini, como los cuentos de Salinger.
Durante muchos años la vieja cancha de Ross fue uno de los pocos y privilegiados lugares en La Carlota que preservaban su esencia. En una pequeña ciudad que crece imperfecta y en cámara lenta, la cancha del Puente, siguió la línea arquitectónica del art Decó que trajo el intendente Francisco Alonso y que aún vemos reflejado en la impronta de lugares icónicos como la pileta municipal, la esquina del juzgado, la plaza del cañón o la misma municipalidad.
Los protagonistas de esta historia tienen, en 1994, doce años. Se trata de tres chicos que se juntan en la esquina del Hotel El Indio para ir a la cancha por primera vez solos, sin padres. Uno de ellos soy yo, los otros son Gonzalo “El Salvaje” y José Gonzalo “El Bigote”.
Había bruma o lloviznaba, no lo consigo precisar, salvo que las condiciones para jugar eran duras. A la épica le va mejor con la lluvia. Las discretas luces dejaban profundos callejones de tinieblas donde los wines y los laterales improvisaban ardides invisibles. Nosotros, como tres maniquís, inmóviles y silenciosos, tomando conciencia de que ya formábamos parte de La Perrada, la hinchada de Jorge Ross. Entonces, de a poco, empezamos a poner cara de barrabrava.
Con El Salvaje y Bigote entrenábamos con la 82, a decir verdad ellos más que yo. Yo iba a veces, nunca fui muy dúctil para los deportes y tampoco tenía la intención de jugar los fines de semana. Pero patear algunos miércoles, en esa cancha, era un placer. Hasta pasados mis veinte años me gustaba mucho hablar de fútbol, pero nada especial, más o menos repetía la misma sarta de boludeces que dicen todos.
Cuando empecé a jugar, a los ocho años, mi abuelo, identificado con Central, me fue a ver al primer partido y uno le dijo “¿Qué hace tu nieto acá, chaqueño?” – “Viene a hacer la primaria, cuando aprenda lo llevo a Central”. Pero yo no aprendí nunca, y me hice de Ross.
II
Cuando estás viendo fútbol, si la experiencia va bien, la cancha es lo único, el resto del mundo se apaga como una radio. Es la liga de Canals, el fútbol chacarero del sudeste de Córdoba, el que se juega en canchas peladas. En el que se putea a los hinchas de la contra con nombre y apellido, y con los compañeros de tribuna en silencio, aguardando, para apenas terminado el agravio, emular la muletilla de la vocal estirada en un gol errado.
Los buenos equipos de la historia de Ross generalmente fueron equipos de atorrantes, Ross es un club de atorrantes, de desfachatados de mil maneras distintas, para bien y para mal.
Yamil Sibona, el wing, saluda, levanta los brazos, la gente aplaude, los pibes gritan. Las medias bajas, las piernas arqueadas, el porte de crack. Y yo pienso, en este olvido del que son parte los jugadores del olvido, que Yamil en 1994 era nuestro Houseman.
Desprolijo e improvisado, como la vida. Yamil Dario Sibona, la cara de la gloria, la cara del recuerdo. Por un instante lo visualizo, lo traigo al presente, y ese instante dura hasta ahora, que lo escribo.
Las trayectorias opuestas pasan de largo, muy rápidos o muy lentos, no dan con el dribling del wing, que va abstraído, en el gesto, arrancando de raíz los laterales, impávidos y temerosos perseguidores.
Atraviesa el campo, extraviado de los que no despiertan, para detener la carrera en el punto donde chocan las líneas de cal. Eleva la vista ante la mirada de angustia del marcador, murmullos y un técnico frío eleva su voz colérica, todo te nombra, wing.
Inmovilidad y latigazo, el resto de la zaga acude en socorro del lateral derrotado, mientras su corazón es una fiesta, la resistencia se consume, en la nebulosa. Su revolución lúdica, una despiadada cadena de humillaciones que purifica los ojos. El utilitarismo debería suicidarse. El mago de la alta sombra, portador de la palabra lacerante, te nombra, wing.
Un wing, dos wines, mil wines. De medias bajas, desgarbados, atorrantes, desaforados, que humillen las estadísticas, la efectividad, el orden, el sistema y el utilitarismo. Que el olvido absuelva a todos ellos.
III
Dicen que los griegos creían que las cosas ocurrían para que los hombres tuvieran algo que cantar, yo no creo que con todo pase así, pero con el fútbol, en Argentina y Uruguay, sí. La pelota se mueve para que los juglares lumpenes de atrás del arco puedan remozar su oficio.
La hinchada de Ross hace covers de River, de Boca, de Racing y de Newell´s, aprovechando con este último la coincidencia de los clásicos rivales de nombre Central.
Ross se llama Ross porque hace más de un siglo mataron a un tipo de nombre Jorge con ese apellido (aunque en realidad originalmente era Smith, pero su familia se lo cambió al llegar a la Argentina) entonces una vez finado Jorge, pionero del fútbol de la región, los dos clubes que existían en La Carlota decidieron fusionarse y honrar su grato nombre.
Sin duda la canción histórica de las hinchadas carlotenses es el “somos los negros de La Carlota/ el que no es choro es criminal/ el más cobarde mató a su madre y el más valiente pa que vamos a hablar” sobre la melodía de la marcha peronista. Podemos rastrear versiones de este cantico en las hinchadas del Colo Colo chileno, Sarmiento de Junín y Boca Juniors durante la década del 70.
Nosotros la cantábamos siempre, cuando viajábamos a otros pueblos, cuando salíamos de excursión con la escuela y, más tarde, la cantaríamos cada vez que nos poníamos en pedo yendo o volviendo del boliche.
IV
El Salvaje se adelanta, agarra una bandera y se trepa al alambre, con su campera Adidas verde, mojada, y sus ojitos brillosos. Tiene la respiración agitada. No puede saber que dentro de unos años se va a ir a vivir a Ushuaia, y después a Nueva Zelanda, y que casi no lo vamos a volver a ver. Todavía no sabe siquiera que va a repetir tercer año, ni que nos vamos a fumar nuestros primeros porros juntos.
El Salvaje no sabe y Bigote tampoco, pero yo ya tengo ganas de que todo sea escritura y que la tinta sea igual de importante que la sangre.  

Bernardo Stinco, Monte Hermoso, 1 de abril de 2018 

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