Es 1988. Estamos en el cine Marconi, el largo brazo de luz perforando la oscuridad. Mis ojos fijos en la pantalla. Es una película de una chica pelirroja de nombre Pippi, todos visten de manera chistosa y cada tanto entra a escena un caballo blanco y un mono tití llamado Señor Nilsson. Después veremos, en continuado, Las aventuras de Chatrán, la cual ya vimos varias veces pero nunca es suficiente cuando se trata de ese gato aventurero. Es un sábado a la tarde y la matinée rebalsa de chicos. Gritamos, aplaudimos, golpeamos los pies contra el piso y ante cualquier desperfecto técnico puteamos con nombre y apellido (y en falsete) al encargado del cinematógrafo.
Antes llegamos caminando por las tranquilas calles de La Carlota junto a mi hermana y a las hijas apenas mayores de una amiga de mi madre que hoy auspician de responsables. Evidentemente es la siesta del sábado, todos los negocios están cerrados y solo el ruido de alguna moto interfiere con la calma.
Corrimos por todas las veredas y nos detuvimos al llegar a cada esquina para cruzar de la mano de las responsables, tal como indica el protocolo en estos casos, aunque a la altura de la pileta municipal cruzamos desbandados por la emoción de ver el kiosco abierto. Ese kiosco emplazado a metros de la vidriería de Rodríguez, donde compramos la latita de pastillas billiken que estamos comiendo ahora. Después, en el intervalo, volveremos a buscar provisiones pero acá, en la entrada del cine y serán una caja de Sugus confitados y una de maní con chocolate.
Son los años de Volver al futuro, de Los Goonies, de los Bici voladores y Karate Kid. También son los años en que el cine argentino sacaba una copia local de cada éxito de Hollywood, como los casos de Monguito, el ET nacional y popular, y Gult, el Alf criollo que acompañaba a Emilio Disi y podía robar billeteras con la vista.
Mezclando un asunto y otro, recuerdo que la pesadilla más recurrente de mi infancia también estuvo escenificada en el cine Marconi; ingresaba yo de la mano de mi padre, y en el estricto momento de entrar a la sala nos separábamos, uno por cada puerta, y ahí solo, en la oscuridad, me estaba esperando Drácula. No cualquier Conde, era el de Bela Lugosi en blanco y negro, única imagen del vampiro que yo conocía hasta ese entonces. Lo soñé tantas veces que puedo recordarlo con lujo de detalles.
Los cines de pueblo y de barrio murieron en los noventa para convertirse en templos religiosos o boliches. A decir verdad durante mi adolescencia no reparé de manera consciente en que el lugar donde íbamos a bailar, El Bosque, era el mismo donde solo algunos años atrás nos reíamos con Larguirucho.
Imaginar que en otros tiempos fue más diversa y abundante la vida es una conjetura errónea y de cepa nostálgica. Además, tan invasor es el olvido… Dicho esto me veo en el deber de subrayar que entonces para un chico del pueblo, entrar al cuarto oscuro por avenida Vélez Sarsfield y encontrarse de repente en Egipto o California, en el espacio exterior, entre Cowboys o extraterrestres, animales exóticos o superhéroes junto a sus amigos era una de las experiencias más maravillosas que podía ocurrirle.
Antes llegamos caminando por las tranquilas calles de La Carlota junto a mi hermana y a las hijas apenas mayores de una amiga de mi madre que hoy auspician de responsables. Evidentemente es la siesta del sábado, todos los negocios están cerrados y solo el ruido de alguna moto interfiere con la calma.
Corrimos por todas las veredas y nos detuvimos al llegar a cada esquina para cruzar de la mano de las responsables, tal como indica el protocolo en estos casos, aunque a la altura de la pileta municipal cruzamos desbandados por la emoción de ver el kiosco abierto. Ese kiosco emplazado a metros de la vidriería de Rodríguez, donde compramos la latita de pastillas billiken que estamos comiendo ahora. Después, en el intervalo, volveremos a buscar provisiones pero acá, en la entrada del cine y serán una caja de Sugus confitados y una de maní con chocolate.
Son los años de Volver al futuro, de Los Goonies, de los Bici voladores y Karate Kid. También son los años en que el cine argentino sacaba una copia local de cada éxito de Hollywood, como los casos de Monguito, el ET nacional y popular, y Gult, el Alf criollo que acompañaba a Emilio Disi y podía robar billeteras con la vista.
Mezclando un asunto y otro, recuerdo que la pesadilla más recurrente de mi infancia también estuvo escenificada en el cine Marconi; ingresaba yo de la mano de mi padre, y en el estricto momento de entrar a la sala nos separábamos, uno por cada puerta, y ahí solo, en la oscuridad, me estaba esperando Drácula. No cualquier Conde, era el de Bela Lugosi en blanco y negro, única imagen del vampiro que yo conocía hasta ese entonces. Lo soñé tantas veces que puedo recordarlo con lujo de detalles.
Los cines de pueblo y de barrio murieron en los noventa para convertirse en templos religiosos o boliches. A decir verdad durante mi adolescencia no reparé de manera consciente en que el lugar donde íbamos a bailar, El Bosque, era el mismo donde solo algunos años atrás nos reíamos con Larguirucho.
Imaginar que en otros tiempos fue más diversa y abundante la vida es una conjetura errónea y de cepa nostálgica. Además, tan invasor es el olvido… Dicho esto me veo en el deber de subrayar que entonces para un chico del pueblo, entrar al cuarto oscuro por avenida Vélez Sarsfield y encontrarse de repente en Egipto o California, en el espacio exterior, entre Cowboys o extraterrestres, animales exóticos o superhéroes junto a sus amigos era una de las experiencias más maravillosas que podía ocurrirle.
Bernardo Stinco, La Carlota, 6 de marzo de 2018
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