El catolicismo de Francisco es un raro vestigio de algo que
el mundo moderno finge no necesitar: la idea de que la comunidad pesa más que
el individuo, de que la misericordia no se negocia y de que la dignidad no se
mide en rendimientos de mercado. En un tiempo donde la ética protestante sigue
canonizando el esfuerzo individual como salvación y el liberalismo insiste en
que la libertad es solo para quien pueda pagarla, el Papa habla de los últimos,
de los descartados, de los que no entran en ningún cálculo.
El Papa me habla de los que me hablaban los poetas malditos
en mi más tierna juventud. Los mismos que Rimbaud veía en los muelles, que
Baudelaire encontraba en las esquinas de París, que Vallejo lloraba en una
acera de Madrid. Los nadies, los rotos, los que el mundo deja atrás sin mirar.
Pero a diferencia de los poetas, que los cantan con la melancolía de quien sabe
que la historia no los absolverá, Francisco los señala como centro, no como
margen. Porque sin bien el arte solo puede existir en los bordes, la misión de
un buen cristiano es otra. No es la contemplación, ni la estética del derrumbe,
ni la fascinación por la derrota. No es hacer de la miseria un símbolo, ni de
la pobreza un lienzo. La misión de un buen cristiano no es cantar a los caídos,
sino levantarlos. No es poetizar la herida, sino cerrarla. Y ahí está
Francisco, con la obstinación de quien cree que el mundo no está perdido, que
la compasión no es un lujo y que la fe—más que un refugio—es un llamado a hacer
algo, aquí y ahora, con lo que tenemos, con lo que somos.
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