Un buen crítico no es aquel que demuestra haber leído más
que su lector, sino aquel que lo convence de que leer (o no leer) un libro es
una acción significativa. Su tarea no es la de un juez que dicta sentencia,
sino la de un arquitecto del deseo que construye el anhelo de hundirse en las
páginas de una novela o, por el contrario, de evitarla como se esquiva una
avenida en obra.
El crítico de talento no se contenta con enumerar virtudes y
defectos. No pontifica desde un pedestal de superioridad libresca. En cambio,
manipula la imaginación del lector, planta en él la inquietud, lo arrastra a la
decisión íntima de abrir o no un libro, como si se tratara de una puerta
misteriosa. No es tanto un guardián del canon como un traficante de entusiasmo
o repulsión.
Por eso, los grandes críticos no son necesariamente los más
justos, sino los más contagiosos. Un Borges, que hacía que cualquier libro
pareciera imprescindible. Un Bloom, que convertía la lectura en un duelo. Leer
sus reseñas es, en sí mismo, un acto estético, una forma de placer que a veces
supera al libro del que hablan.
El crítico perfecto es aquel que, sin haber escrito una sola
línea de ficción, logra que los demás vivan la literatura como si cada libro
pudiera cambiarles la vida.
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