Hace varios años, cuando viví una temporada en Mallorca, me
hice adicto a unas galletitas que llevaban de nombre "Mahón". Eran de
esas galletitas que uno no prueba por elección propia sino porque están ahí, al
costado del café, y después de un tiempo te descubrís buscándolas en el
supermercado con la sensación vaga, pero creciente, de que algo en tu organismo
ha sido reconfigurado en torno a su existencia. Mahón es la capital de Menorca,
la isla de al lado, y fue en Mallorca también donde alguien me aseguró con la
autoridad de quien cuenta una anécdota mil veces repetida que la mayonesa fue
inventada, o al menos popularizada, en Mahón. De ahí, mahonesa. De ahí, la
gloria.
Porque la mayonesa, digámoslo sin rodeos, es una de las más
grandes creaciones de la humanidad. No estamos hablando de un condimento menor,
de un simple aditivo que embellece pero no transforma. No. Es la alquimia
llevada a su máxima expresión: huevos y aceite combinados en una unión sublime
a través de la pura magia de la física. La tensión superficial vencida, la
cohesión impensada. Hay algo conmovedor en la mayonesa, en su insistencia en
existir contra toda lógica.
Y lo mejor de todo es su ubicuidad, su voluntad democrática
de mejorar cualquier cosa con la que entre en contacto. Sándwiches, por
supuesto, que sin mayonesa serían apenas un triste conjunto de ingredientes
apiñados entre dos rebanadas de pan. Pero también papas, ensaladas, carnes
frías, sobras olvidadas en la heladera que de repente recuperan su dignidad
gracias a una cucharada generosa. ¿Cuántas cenas de emergencia han sido
rescatadas por un frasco de mayonesa? ¿Cuántos almuerzos de oficina han adquirido
sentido gracias a su presencia discreta pero insustituible? La mayonesa es el
pegamento universal de la comida casera.
Se la acusa de ser calórica, de ser opresiva en su sabor, de
ser vulgar. Pero esto es puro esnobismo. La mayonesa no pide perdón por lo que
es. No tiene pretensiones. Está ahí para servir. Y quizá, en estos tiempos
inciertos, haya algo profundamente admirable en esa entrega absoluta, en esa
vocación de estar siempre lista para mejorar la experiencia de quien la
necesita.
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