miércoles, 4 de abril de 2018

1994


I
Hay quienes dicen que todos los pueblos de la llanura pampeana son iguales y repiten de memoria; La plaza, las vías, la vuelta al perro, la Iglesia, el bar, la comisaría y demás clichés. Para encontrar la belleza no hay que mirar a las cosas de frente. Hay que orbitarlas, hay que jugar a lo ancho hasta encontrar el hueco, hasta intuir la verdad oculta. Son cuestiones de encuadre, de espacio, como los pases de Bochini, como los cuentos de Salinger.
Durante muchos años la vieja cancha de Ross fue uno de los pocos y privilegiados lugares en La Carlota que preservaban su esencia. En una pequeña ciudad que crece imperfecta y en cámara lenta, la cancha del Puente, siguió la línea arquitectónica del art Decó que trajo el intendente Francisco Alonso y que aún vemos reflejado en la impronta de lugares icónicos como la pileta municipal, la esquina del juzgado, la plaza del cañón o la misma municipalidad.
Los protagonistas de esta historia tienen, en 1994, doce años. Se trata de tres chicos que se juntan en la esquina del Hotel El Indio para ir a la cancha por primera vez solos, sin padres. Uno de ellos soy yo, los otros son Gonzalo “El Salvaje” y José Gonzalo “El Bigote”.
Había bruma o lloviznaba, no lo consigo precisar, salvo que las condiciones para jugar eran duras. A la épica le va mejor con la lluvia. Las discretas luces dejaban profundos callejones de tinieblas donde los wines y los laterales improvisaban ardides invisibles. Nosotros, como tres maniquís, inmóviles y silenciosos, tomando conciencia de que ya formábamos parte de La Perrada, la hinchada de Jorge Ross. Entonces, de a poco, empezamos a poner cara de barrabrava.
Con El Salvaje y Bigote entrenábamos con la 82, a decir verdad ellos más que yo. Yo iba a veces, nunca fui muy dúctil para los deportes y tampoco tenía la intención de jugar los fines de semana. Pero patear algunos miércoles, en esa cancha, era un placer. Hasta pasados mis veinte años me gustaba mucho hablar de fútbol, pero nada especial, más o menos repetía la misma sarta de boludeces que dicen todos.
Cuando empecé a jugar, a los ocho años, mi abuelo, identificado con Central, me fue a ver al primer partido y uno le dijo “¿Qué hace tu nieto acá, chaqueño?” – “Viene a hacer la primaria, cuando aprenda lo llevo a Central”. Pero yo no aprendí nunca, y me hice de Ross.
II
Cuando estás viendo fútbol, si la experiencia va bien, la cancha es lo único, el resto del mundo se apaga como una radio. Es la liga de Canals, el fútbol chacarero del sudeste de Córdoba, el que se juega en canchas peladas. En el que se putea a los hinchas de la contra con nombre y apellido, y con los compañeros de tribuna en silencio, aguardando, para apenas terminado el agravio, emular la muletilla de la vocal estirada en un gol errado.
Los buenos equipos de la historia de Ross generalmente fueron equipos de atorrantes, Ross es un club de atorrantes, de desfachatados de mil maneras distintas, para bien y para mal.
Yamil Sibona, el wing, saluda, levanta los brazos, la gente aplaude, los pibes gritan. Las medias bajas, las piernas arqueadas, el porte de crack. Y yo pienso, en este olvido del que son parte los jugadores del olvido, que Yamil en 1994 era nuestro Houseman.
Desprolijo e improvisado, como la vida. Yamil Dario Sibona, la cara de la gloria, la cara del recuerdo. Por un instante lo visualizo, lo traigo al presente, y ese instante dura hasta ahora, que lo escribo.
Las trayectorias opuestas pasan de largo, muy rápidos o muy lentos, no dan con el dribling del wing, que va abstraído, en el gesto, arrancando de raíz los laterales, impávidos y temerosos perseguidores.
Atraviesa el campo, extraviado de los que no despiertan, para detener la carrera en el punto donde chocan las líneas de cal. Eleva la vista ante la mirada de angustia del marcador, murmullos y un técnico frío eleva su voz colérica, todo te nombra, wing.
Inmovilidad y latigazo, el resto de la zaga acude en socorro del lateral derrotado, mientras su corazón es una fiesta, la resistencia se consume, en la nebulosa. Su revolución lúdica, una despiadada cadena de humillaciones que purifica los ojos. El utilitarismo debería suicidarse. El mago de la alta sombra, portador de la palabra lacerante, te nombra, wing.
Un wing, dos wines, mil wines. De medias bajas, desgarbados, atorrantes, desaforados, que humillen las estadísticas, la efectividad, el orden, el sistema y el utilitarismo. Que el olvido absuelva a todos ellos.
III
Dicen que los griegos creían que las cosas ocurrían para que los hombres tuvieran algo que cantar, yo no creo que con todo pase así, pero con el fútbol, en Argentina y Uruguay, sí. La pelota se mueve para que los juglares lumpenes de atrás del arco puedan remozar su oficio.
La hinchada de Ross hace covers de River, de Boca, de Racing y de Newell´s, aprovechando con este último la coincidencia de los clásicos rivales de nombre Central.
Ross se llama Ross porque hace más de un siglo mataron a un tipo de nombre Jorge con ese apellido (aunque en realidad originalmente era Smith, pero su familia se lo cambió al llegar a la Argentina) entonces una vez finado Jorge, pionero del fútbol de la región, los dos clubes que existían en La Carlota decidieron fusionarse y honrar su grato nombre.
Sin duda la canción histórica de las hinchadas carlotenses es el “somos los negros de La Carlota/ el que no es choro es criminal/ el más cobarde mató a su madre y el más valiente pa que vamos a hablar” sobre la melodía de la marcha peronista. Podemos rastrear versiones de este cantico en las hinchadas del Colo Colo chileno, Sarmiento de Junín y Boca Juniors durante la década del 70.
Nosotros la cantábamos siempre, cuando viajábamos a otros pueblos, cuando salíamos de excursión con la escuela y, más tarde, la cantaríamos cada vez que nos poníamos en pedo yendo o volviendo del boliche.
IV
El Salvaje se adelanta, agarra una bandera y se trepa al alambre, con su campera Adidas verde, mojada, y sus ojitos brillosos. Tiene la respiración agitada. No puede saber que dentro de unos años se va a ir a vivir a Ushuaia, y después a Nueva Zelanda, y que casi no lo vamos a volver a ver. Todavía no sabe siquiera que va a repetir tercer año, ni que nos vamos a fumar nuestros primeros porros juntos.
El Salvaje no sabe y Bigote tampoco, pero yo ya tengo ganas de que todo sea escritura y que la tinta sea igual de importante que la sangre.  

Bernardo Stinco, Monte Hermoso, 1 de abril de 2018 

martes, 13 de marzo de 2018

El asesinato de Jorge Ross

Si él se hubiera avispado. Si hubiera advertido, si se hubiera dado cuenta que los roles desaparecen de buenas a primeras con la inmediatez de un relámpago. Si hubiera percibido que el estatus es una ficción y que la neblina desperdigada en la mirada de aquel hombre solo profesaba la antigua fe del hierro. Que la marginalidad destruye y denigra cualquier código social y que los modales de patrón muchas veces se disgregan en el arrabal. Si él hubiera intuido que cualquier momento de la historia es el fatal resultado de todos los momentos anteriores y que observar con atención corresponde a recordar con claridad.
No he de narrar aquí una tesis, tan solo me limito a exponer el singular relato del crimen más mentado del pago de la Punta del Sauce, el asesinato del jefe político de Juárez Celman.
Versiones, dudas, cálculos e hipótesis que llegan hasta nuestros días. Todo es polvo de tiempo. Ya no quedan esos hombres pero perdura un nombre, un nombre que ya ni siquiera es suyo, un nombre que nadie asocia con su rostro, el nombre de una divisa, de un escudo, de una calle compartida.
La voracidad y el rencor son de las pocas cosas que tienen los que no tienen nada, y Celestino Fredes no tenía nada, ese mismo domingo había sido detenido en la cancha de carreras de caballos por generar disturbios, en eso andaba cuando se cruzó con Mariano Rodríguez, mano derecha de Ross, y terminó en la taquería. Y fue el mismo Jorge Ross, su víctima, quien ordenó que lo liberaran.
Cuando el niño bien se encontró con el hombre sin historia ya era tarde. Dios no atiende en La Carlota, sabe. En la anarquía de un río revuelto, en el cuerpo a cuerpo en que derivó el destino, tal vez pensó, con los azares consumados, desordenadamente, en el reino de los cielos.
La ruina de todos los hombres comienza en el cenit de su existencia. Si él se hubiera dado cuenta que la muerte no existe en antagonismo a la vida sino, tan solo, como parte de ella. Si hubiera advertido esa noche que ya no habría una luna que no sea espejo del pasado.  



Bernardo Stinco, La Carlota, 13 de marzo de 2018 

domingo, 11 de marzo de 2018

La balada del Charrúa.

Son hallazgos ínfimos,
la sutil belleza
que se guarda
en los pliegues
de la memoria
es lo que termina
salvando al mundo.
Hay algo oculto
en la esencia de las cosas
que nos enamora de ellas.
A veces un gesto ínfimo,
un reflejo simple
que delata la cualidad irresistible.
Vivir de tal manera.
No sé cómo explicarlo,
pero vos me entedés.
Agradezco que me di cuenta.
De eso que te das cuenta de chico,
cuando la vida le gana a la dialéctica.
Ahora
Mientras la cena
Parte la noche en dos
El silencio me hace pensar
Central Córdoba
es el ritmo del tren sobre los rieles,
un vagón atravesando la distancia.
Es difícil encontrar compañía
si lo que uno quiere
es pensar
Central Córdoba
Es una canción sencilla,
un asado de falda.
Es un grupo de amigos
yendo a bailar en bondi
a la loma del culo
rebotando en la puerta
con el patovica.
Es quedarse todos afuera
porque no dejaron
entrar a uno.
Central Córdoba
Es el sabor de la sangre en la boca
después de las trompadas en la plaza
contra una banda de otarios
tres años más grandes.
Pelear espalda con espalda
es Central Córdoba.
Es coger de parado
tomar vino en caja
hasta vomitar en colores.
También se puede
morir parado
y acompañado
Es olor a tuca
y tacto de ojotas en verano.
Es ir con la quincena
recién cobrada
a la carnicería
y pedir mollejas.
Es reírse en público
Y llorar con fe, en privado.
La fe no es un poema,
no es una palabra,
ni un pájaro,
ni una canción idiota
de Palito Ortega.
Tener fe
Como un borracho a que le fíen.
Como un perro cruzando la autopista de noche.
Como un parque de diversiones abandonado.
Como mi abuelo en la cama del hospital.
Tener fe
con el boleto del caballo
que perdió ayer.
Sin optimismo,
sin ilusión,
sin quedarse,
ni irse.
Tener fe.
Tener fe
como la primera ramita que forma un nido
Como el kiosquero que le fía al borracho.
Tener fe en que esté fría
la cerveza que nos fio el kiosquero.
Central Córdoba
tercera posición,
es andar con el grafiti
de Villa Manuelita
pintado en la cara.
Es el viejo del Pupe
dejando el auto en cumbia
para comprar pizza
en la Santa María.
Una pelota de papeles.
Un barrilete en un baldío
Me di cuenta
en el octogonal de 1993.
Mirando el partido contra Colón.
Salvo por el mundial de Italia
o la Copa América
nunca había visto
a todos del mismo lado.
Entonces entendí,
Igual si no lo entendés
no te voy a culpar.
Serás así...
A mí no me sale
un sentimiento sincero
por los del embarcadero
pero menos
mucho menos
por los poderosos
no me sale la porteñofilia
no me sale querer
que pierda el de abajo.
Como ver los pitufos
Y querer que se los coma Gargamel
como ser fan de Esqueletor
como ser fan de Liberm*n
No existe esa clase de amor…
¿Cómo vas a estar en contra
de que el pobre se divierta,
flexibilizador emocional?
Pienso
sin cerrar las manos
sin abrir los ojos
No quiero que ganen
los que ganan siempre,
no quiero que pierdan
los que pierden siempre
ni siquiera en el futbol,
que es lo más importante
de lo menos importante.


Bernardo Stinco, La Carlota, 8 de marzo de 2018 

martes, 6 de marzo de 2018

Cine Marconi


Es 1988. Estamos en el cine Marconi, el largo brazo de luz perforando la oscuridad. Mis ojos fijos en la pantalla. Es una película de una chica pelirroja de nombre Pippi, todos visten de manera chistosa y cada tanto entra a escena un caballo blanco y un mono tití llamado Señor Nilsson. Después veremos, en continuado, Las aventuras de Chatrán, la cual ya vimos varias veces pero nunca es suficiente cuando se trata de ese gato aventurero. Es un sábado a la tarde y la matinée rebalsa de chicos. Gritamos, aplaudimos, golpeamos los pies contra el piso y ante cualquier desperfecto técnico puteamos con nombre y apellido (y en falsete) al encargado del cinematógrafo.
Antes llegamos caminando por las tranquilas calles de La Carlota junto a mi hermana y a las hijas apenas mayores de una amiga de mi madre que hoy auspician de responsables. Evidentemente es la siesta del sábado, todos los negocios están cerrados y solo el ruido de alguna moto interfiere con la calma.
Corrimos por todas las veredas y nos detuvimos al llegar a cada esquina para cruzar de la mano de las responsables, tal como indica el protocolo en estos casos, aunque a la altura de la pileta municipal cruzamos desbandados por la emoción de ver el kiosco abierto. Ese kiosco emplazado a metros de la vidriería de Rodríguez, donde compramos la latita de pastillas billiken que estamos comiendo ahora. Después, en el intervalo, volveremos a buscar provisiones pero acá, en la entrada del cine y serán una caja de Sugus confitados y una de maní con chocolate.
Son los años de Volver al futuro, de Los Goonies, de los Bici voladores y Karate Kid. También son los años en que el cine argentino sacaba una copia local de cada éxito de Hollywood, como los casos de Monguito, el ET nacional y popular, y Gult, el Alf criollo que acompañaba a Emilio Disi y podía robar billeteras con la vista.
Mezclando un asunto y otro, recuerdo que la pesadilla más recurrente de mi infancia también estuvo escenificada en el cine Marconi; ingresaba yo de la mano de mi padre, y en el estricto momento de entrar a la sala nos separábamos, uno por cada puerta, y ahí solo, en la oscuridad, me estaba esperando Drácula. No cualquier Conde, era el de Bela Lugosi en blanco y negro, única imagen del vampiro que yo conocía hasta ese entonces. Lo soñé tantas veces que puedo recordarlo con lujo de detalles.
Los cines de pueblo y de barrio murieron en los noventa para convertirse en templos religiosos o boliches. A decir verdad durante mi adolescencia no reparé de manera consciente en que el lugar donde íbamos a bailar, El Bosque, era el mismo donde solo algunos años atrás nos reíamos con Larguirucho.
Imaginar que en otros tiempos fue más diversa y abundante la vida es una conjetura errónea y de cepa nostálgica. Además, tan invasor es el olvido… Dicho esto me veo en el deber de subrayar que entonces para un chico del pueblo, entrar al cuarto oscuro por avenida Vélez Sarsfield y encontrarse de repente en Egipto o California, en el espacio exterior, entre Cowboys o extraterrestres, animales exóticos o superhéroes junto a sus amigos era una de las experiencias más maravillosas que podía ocurrirle.

Bernardo Stinco, La Carlota, 6 de marzo de 2018

lunes, 26 de febrero de 2018

La Tía Nati


I
Bien, ahora mismo, desde un verano de los noventa, estamos charlando con los pibes de la escuela en algún banco de la plaza del cañón, en mi casa no se hablaba de muerte ni de sexo. Con mis amigos no hablábamos de otra cosa. Es de noche, el olor de las plantas, la humedad en el aire, cierro los ojos y veo ese trecho de ruta. Ese mismo, semejante a un áspero serrucho con tantos y tantos pozos, ya estamos saliendo del pueblo, a mano derecha el almacén de la Mabel, abierto, siempre abierto, más adelante la quinta de Olmedo, la feria y después del camino que va al IPEA y la curva, el Aero Club.
A Huanchilla, a Laboulaye dicen los carteles de chapa a un lado de la ruta. Hace un rato escuchamos de punta a punta el cassette de La mosca y la sopa y ahora suena en la radio, oportuno, El rock del gato. El tío de alguien aparece en una F100 volviendo de frente, en la curva, un poco antes de la quinta de Benítez, que lastima, si lo encontrábamos allá nos iba a tener que pagar algo… Vamos a la Nati, vamos en remís.

II
"¿De quién sos?" preguntan los parroquianos en la puerta para identificarnos. Yo dije "hijo del Pájaro", los otros dijeron otras cosas. “Pasen chicos, pero no rompan las pelotas”.  Entramos. Ahí está la tremenda fonola, al fondo, y sobre ella un tipo de camisa a cuadros, unos cuarenta años, pasando los discos con la flechita. Luego de tantos años y tantos cambios, cierro los ojos y todavía las veo. Veo todas las fonolas del pueblo, la de la EG3, mi favorita, con los discos de Los Stones, AC DC y uno de Los Abuelos. Recupero por un momento cada detalle de esos firmes recuerdos de la adolescencia. Arranca el hit de Grupo Sombras y un veterano se queja desde atrás de la barra, “poné un lento para apretar, pajero”.  

III
Luz roja para el lado de afuera y tenue para el de adentro, iluminando apenas el centro y dejando en penumbra a los rincones. La arquitectura contemporánea busca ser impersonal, invisible a partir de la funcionalidad. Debe permitir la circulación rápida de individuos y mercancías, tiende a reducir el espacio a su dimensión puramente geométrica. La Nati, en cambio, reúne una intensa mezcla de fragancias y tonadas que viajan y pululan por el aire del lugar, ejemplo exagerado, aquella paraguaya, perfumada, acodada en la barra, tomando un té en vaso de whisky.

IV 
Es 28 de diciembre de 1997 y con Men*m en la presidencia el día de los inocentes parece una redundancia. Estamos acompañando a un amigo que le cortó el pasto de todos los familiares y vecinos para juntar los cincuenta pesos que se gastará en menos de cinco minutos. ¿Van a tomar algo? ¿Van a pasar? – todavía no, digo. Apenas si nos alcanza para el remís, pero a eso no lo digo. Igual no hace falta, estamos juntando monedas para comprar un porrón, las chicas ya ni se nos acercan. Los demás caballeros, en cambio, caminan, chapan, chupan, fuman, bailan, gritan y harían más ruido si se les ocurriera como.

V
Nuestro pollo, el de los cincuenta pesos, ahora le mete un trago largo a la botella, como tomando impulso. “¿Cincuenta pesos? La entrada al boliche sale siete con consumición.” Dice el rata del grupo, él que se pasa los sábados llamando a la radio para conseguir esa entrada gratis.
¿Cuántas veces contamos la misma historia? ¿Cuántas veces la cambiamos, la reinterpretamos, la editamos? Nuestra historia no es nuestra historia, es tan solo un nuevo recuerdo de alguno previo. Y esa entelequia es el material con el que construimos el relato de nuestra vida.

VI
¿Dije que iba a gastarse los cincuenta pesos en cinco minutos? Soy un exagerado… A los dos minutos estaba afuera. Nos volvemos en remís, cuando pasamos por el Aero Club uno dice “mañana vamos a venir a esta pileta, los del de monjas tienen equipo de fútbol y vienen acá” No le damos bola al comentario, seguimos hablando de sexo y economía. Todavía no sabemos que los términos de la economía no rigen para la vida. En la economía las ganancias se acumulan y las pérdidas no. Pero en la vida, las que se acumulan son las pérdidas. Las ganancias pasan... en cambio, el dolor, las ausencias, los fracasos se acumulan.
Fogwill dijo en un cuento, que los días, cuando nos resultan parecidos unos a otros, suelen darnos una constancia y esa semejanza produce sensación de felicidad. En esos veranos, en La Carlota, los días, de semejantes, parecían no terminar nunca.



                                             Bernardo Stinco, La Carlota, 26 de febrero de 2018 

sábado, 10 de febrero de 2018

La Leyenda del Toro Almirón

Se morían los ´80. Mi primo Roberto y yo estábamos sentados en el cordón de la vereda frente a la casa de nuestros abuelos. Habíamos comprado en el kiosco unos chocolatines que venían con unas calcomanías de los Thundercats. Era una mañana de verano. Entonces lo vimos venir. Rober se puso pálido. Entonces le digo, asustadísimo: “Metele, que nos lleva”. Corrimos hasta la puerta y empezamos a subir la escalera a las zancadas, no teníamos más de 6 años y ese gaucho barbudo de ojos enturbiados, rodeado de perros, con una bolsa en el hombro, nos causaba terror. El Toro Almirón era famoso, lo conocía todo el mundo en La Carlota, aunque en ese momento de decadencia homeless se podría decir que era tristemente célebre. Nosotros, por supuesto, también habíamos oído su leyenda, pero la versión infantil, que lo pintaba como una especie de viejo de la bolsa alternativo. En cambio, la data que manejaban los adultos era mucho más jugosa; decían que había sido un bon vivant, que la despilfarró entre viajes, joda y la poética quimera de construir un barco para navegar desde el río Cuarto al Paraná. Decían, también, que había recorrido catorce provincias a caballo para llegar hasta la Casa Rosada, a entrevistarse con su amigo, el Presidente Perón. 
El Toro lucia como un Cafrune viejo y en situación de calle, pero eso lo sé ahora que se quien fue Cafrune, en esa época la imagen proponía un enigma, y yo lo relacionaba con algún villano de Titanes en el Ring. Como un primo malo del campo de Karadagian mezclado con Gargamel de Los Pitufos. 
Don Luis Almirón había nacido en las primeras décadas del siglo pasado y legó de su padre un apodo y una cuantiosa herencia los cuales a la postre resultaron claves para forjar su leyenda. Recuerdo largas charlas mentando al Toro en los recreos del Fortín Heroico. Todos mis compañeritos de primer grado le tenían miedo. Me atrevo a decir que, a los que en los ochenta fuimos habitantes niños de La Carlota, nos resulta imposible extirpar su cara y su nombre de aquella época. 
Dicen que lo primero que hizo cuando tuvo dinero fue rajarse a Capital junto a un grupo de amigos, nada muy original, pueblerinos con ansias de encandilarse con las luces del centro. Pero Buenos Aires los cansó y terminaron cruzando el charco para instalarse como asiduos del casino de Montevideo. Fue tal el rigor que el bolsillo empezó a boquear, la herencia comenzó a achicarse y la comitiva encabezada por el Dandy de tierra adentro debió abandonar la banda oriental. 
De regreso al pago un tal José Carranza lo tentó para construir un catamarán que uniría al modesto Chocancharava con el Paraná. El armador y financista fue nuestro héroe, quien soñó con surcar su río poéticamente cual Mississippi criollo. Almirón liquidó su último resto en ese idilio náutico, que si bien no prosperó en lo factico, si logró agregar una de las páginas más doradas a su leyenda. 
Ya en pampa y la vía, el Toro, hasta ahí un compadrito, decidió cambiar de argumentos y salió a buscar otros rumbos. Algunos dicen que se fue detrás de una pollera, otros que partió para administrar un campo, los menos especulan con que se fue del país. Pero lo cierto, es que hasta entrada la década de cincuenta le perdimos el rastro. 
Pero un día el hijo de este confín de la llanura volvió, esta vez como un gaucho hecho y derecho; Cambió trajes por botas rurales, su célebre sombrero negro de ala ancha y facón a la cintura. 
A veces sueño que el Toro viene buscarme y yo sin preguntar nada me subo a un caballo y partimos a recorrer la pampa. Caminos vagos, huellas de polvo y pastizales. Remolinos de arena, liebres, peludos, iguanas y breñas resecas. El caballo del Zorro se llamaba Tornado, el del Llanero Solitario, Silver y el del Toro Almirón, Chimango.
Almirón había pulido su artesanía de domador junto al Chimango, que brioso le correspondía el rebusque que consistía en llevar aquel privado arte gauchesco a la categoría de numero de feria. La coreografía empezaba desde un punto aéreo, abalanzado, donde la ductilidad y la comunión entre hombre y bestia encuentran su cenit. La resonancia inmensa de la soledad de la llanura descifrada en la energía del matungo en suspenso, buscando el cielo. La rápida parábola como un baile y el criollo veterano como director de ballet.
En los azares de la vida Almirón fue dandy, noche y partida. Fue compadrito en el Uruguay, naviero en las pampas, gaucho y domador. Fue nuestro viejo de la bolsa y monarca lumpen, rey de los perros de la calle. Murió en una casilla pegada a su rio a finales del ´91. 
Aventuras y excentricidades, la suya fue una vida donde hubo una intención de belleza. Ni la perspectiva que da el tiempo logra ordenar los caminos. La lógica utilitarista reclama un orden, un supuesto significado que la existencia no tiene. El Toro siempre circuló por donde esa absurda lógica del mundo es puesta en duda y todas las desesperaciones lo siguieron en círculos, como sus perros.


Bernardo Stinco, La Carlota, 10 de febrero de 2018 

miércoles, 31 de enero de 2018

Mil.



Dentro de mil años, que son muy pocos para este planeta, yo ya no voy estar, y vos tampoco.
Nadie se va a acordar de este momento, dentro de mil años.
Vos seguro que no querés que te recuerde así, como ahora. Olvídate, porque yo me voy acordar de vos de todas las formas y al mismo tiempo. A mí no me importa nada.
Mil años no existen para el universo. Nada quedará, de lo ligero a lo monolítico, todo será polvo. Quien sabrá de tus ojos grises y de los juegos de tus tíos, esos vascos brutos del sur bonaerense. Ya no nos vamos a abrazar más, abuelo. Quién se va a acordar del olor de tu casa y de tus chistes malísimos. De los colonos de Los Cisnes, de Funes, de Maipú y Chacabuco.
Ayer te fui a visitar, casi no dijiste palabra, me estiraste la mano.
Tu vida insiste, débil, taciturna, anhélito de abandono. “Todo quedó tan lejos” me dijo ella “¿te acordás cuando jugaban al perro para mí?”, abuela.
Ya no nos vas a llamar, sin voz, desde la cama, desnudo, sólo, desarmado. Con el corazón a la intemperie. Ya no te voy a presentar más novias, viejo, ni te voy a pedir dormir en la casilla con linternas.
Quien se acordará de este imposible mañana juntos, dentro de mil años. De lo que fuimos, del banquito de carpintero que me regalaste, del olor a Pervinox que ahora tiene la casa. Del amor que me diste, del tipo que sos. Mi consuelo, es que dentro de mil años, ya no te voy a extrañar.




Bernardo Stinco, La Carlota, 31 de enero de 2018.  

martes, 30 de enero de 2018

No te asustes


No hay nada malo en clavarnos otro súper pancho con lluvia de papas a las tres de la mañana, volviendo de cualquier lado. En tomarnos unas copas de más, en detenernos otro rato en el ocio contemplativo. No, no hay nada malo.
Un aire calmo y oscuro circula entre los cuerpos. Mi cuerpo es apenas una bolsa conexa por cables rojos. Tengo sueño, siempre tengo sueño con este calor. Me arden los ojos. Los bares de las estaciones de servicio se parecen cada vez más a las salas de espera de los hospitales, donde convencionalmente se nace y se muere y no se vende cerveza. Yo nací en abril. No hay nada malo en nacer en abril, mi abuelo, se murió en abril. Abro la mandíbula y muerdo, el pancho variopinto, a estas horas, bajo la coloración del led del alumbrado público, es un poema.
A veces, cuando ando así, trasnochado, me imagino que el mundo no duerme y prefiero imaginarlo cogiendo. No, olvídate, eso no me hace sentir mejor, pero al menos me distrae y distrae también al redundante fantasma de la finitud, insomne, al que tanto le gusta venir a charlar a la madrugada. Entonces por ejemplo, en vez de contemplar la tumba, me pregunto, si las chicas de derecha cogerán mejor que las de izquierda ¿o será al revés?
¿Cogerán en neutro los neoliberales? ¿Qué dice este tipo? No hay nada malo en que lo que escriba hoy sea una porquería. No hay nada malo en catalogar los variados estadios del fracaso en un poema con forma de superpancho, de bar de estación de servicio, de sala de espera de hospital. Si el mundo es un caos estricto, con la profundidad argumental de una película porno.

Bernardo Stinco, 13 de enero de 2018, La Carlota. 

El río y el tiempo.

La pelota se me iba al agua en el epílogo del Chocancharava que viboreaba por la pampa, justo antes de cambiar de piel en los bañados del Saladillo. Acá donde tenés las orillas cerquita, donde te ponés finito. Donde te ponés largo, como adolescencia de cheto. Acá donde los caballos toman agua en la curva de Maidana, donde te pusieron esos terraplenes crueles, herejes y el pueblo te da la espalda, hermano. Qué saben ellos… Yo sé un secreto, conozco la sensación. Estamos solos. Solos y atrapados. Atrapados en nuestras conciencias, en nuestros terraplenes. En el fondo el mundo no tiene mucho que brindar, no más que nosotros mismos, que nuestra conciencia. Se vive mal cuando tu tiempo es tuyo. Cuando tu tiempo es solo tuyo el reflejo de la muerte es insoportable. La ridícula desgracia de sentirse importante. No hay que pedirle mucho al destino, todos somos insignificantes, todos somos mezquinos, todos somos ridículos. Cierro los ojos y veo como el sol te pega en la barranca y te sacan a bailar las carpas, los moncholos, los bagres y algún sabalito. Tenés a los sauces llorándote encima, viejo, y un vientre de arena y barro para teñirte color llanura, que es el color del criollo, aguas del Soco Soco. El cielo, la soledad, los perros y los carreros paleando en Villa Cariño. Los patios de las casitas del barrio del Congo y el astillero que no fue del Toro Almirón. Las piedras embolsadas en alambre defendiéndote las curvas. Las piraguas de remadas perezosas en verano buscando el puente de Olmos y los pibes clavándose desde el anaranjado, que es anaranjado, aunque ahora lo pinten de otro color. Los rastros del ferrocarril, ramal de la cuenca hídrica del Plata, pampa húmeda federal, donde es redundante el Montecito, los mosquitos, la siesta, los asados, los días del estudiante, la crecida, la bajada de Dotti y los arcos de la canchita del Cura, para jugar veinte contra veinte, porque vos sabés, mejor que nadie, que la individualidad es, esencialmente, un fracaso. Tu triunfo es el diquecito y tu derrota esa draga violadora. A veces no podemos evitarlo, a veces es el tiempo y al tiempo se lo pierde y nada más. No podemos pedirle al tiempo. No podemos pedirle, por ejemplo, tiempo devolveme el río, devolveme a los abuelos, devolveme a Roma, devolveme las ganas de treparme a los árboles. Devolveme a la Cindor en botella de vidrio o a las salchichas rellenas de queso… Qué solos nos sentiríamos sin nuestros recuerdos... Ojo, no quiero ser joven, no quiero tener un minuto menos de los que los tengo, la juventud está sobrevalorada. Pero hoy, por un rato, devolveme a Maradona esquivando ingleses, devolveme mi cuaderno de dibujo y mi family game, con ese cartucho de mil juegos repetidos, comprado en Ciudad del Este. Devolveme mi perro Duke, las rodillas raspadas, los puntos de sutura en la pera. Devolveme el patio del Fortín Heroico y devolveme la pelota, que me llevó el río.


 Bernardo Stinco, 19 de enero de 2018, La Carlota.

Instrucciones para elegir amigos.

Concurra a lugares públicos, vaya a bares, al cine, a la cancha, al hipódromo, a la librería, al bodegón. Pida milanesa con papas fritas, pida colita de cuadril, tome vino con soda, duerma la siesta, putee al presidente, adopte un gatito, ¿no le gustan los gatitos? No hay problema, un perro también servirá. Sea caballero, no olvide esta parte que es muy importante. Coja cada vez que se le presente la ocasión, escuche música, aprenda a tocar un instrumento, vaya a visitar a sus padres, a sus abuelos, a lo que tenga. Sea cariñoso. Recuerde que hay solo dos cosas que no se pueden ser en esta vida; vigilante y mal educado, lo demás vamos viendo. Ahora compre mortadela, queso, salamín, hágase una picada ¿tiene vermú en su casa? Si no tiene crúcese al almacén del frente y compre uno. Si no tiene plata no se preocupe, la señora tiene cara de qué si le llora un poco la carta se lo fía. ¿Se da cuenta por qué hay que comprar en almacenes? ¿Qué más quiere? ¿Me entiende? No pierda un solo minuto de su vida buscando amigos, los amigos se encuentran. No olvide, la familia no se elige y son los amigos los que lo definen y los amigos que se hacen de grande más que nada. Porque a fin de cuentas esos son los tipos que uno elige y lo eligen a uno, no los que le sentó la señorita al lado, en la escuela.



 Bernardo Stinco, 26 de enero de 2018, La Carlota.