martes, 30 de enero de 2018

El río y el tiempo.

La pelota se me iba al agua en el epílogo del Chocancharava que viboreaba por la pampa, justo antes de cambiar de piel en los bañados del Saladillo. Acá donde tenés las orillas cerquita, donde te ponés finito. Donde te ponés largo, como adolescencia de cheto. Acá donde los caballos toman agua en la curva de Maidana, donde te pusieron esos terraplenes crueles, herejes y el pueblo te da la espalda, hermano. Qué saben ellos… Yo sé un secreto, conozco la sensación. Estamos solos. Solos y atrapados. Atrapados en nuestras conciencias, en nuestros terraplenes. En el fondo el mundo no tiene mucho que brindar, no más que nosotros mismos, que nuestra conciencia. Se vive mal cuando tu tiempo es tuyo. Cuando tu tiempo es solo tuyo el reflejo de la muerte es insoportable. La ridícula desgracia de sentirse importante. No hay que pedirle mucho al destino, todos somos insignificantes, todos somos mezquinos, todos somos ridículos. Cierro los ojos y veo como el sol te pega en la barranca y te sacan a bailar las carpas, los moncholos, los bagres y algún sabalito. Tenés a los sauces llorándote encima, viejo, y un vientre de arena y barro para teñirte color llanura, que es el color del criollo, aguas del Soco Soco. El cielo, la soledad, los perros y los carreros paleando en Villa Cariño. Los patios de las casitas del barrio del Congo y el astillero que no fue del Toro Almirón. Las piedras embolsadas en alambre defendiéndote las curvas. Las piraguas de remadas perezosas en verano buscando el puente de Olmos y los pibes clavándose desde el anaranjado, que es anaranjado, aunque ahora lo pinten de otro color. Los rastros del ferrocarril, ramal de la cuenca hídrica del Plata, pampa húmeda federal, donde es redundante el Montecito, los mosquitos, la siesta, los asados, los días del estudiante, la crecida, la bajada de Dotti y los arcos de la canchita del Cura, para jugar veinte contra veinte, porque vos sabés, mejor que nadie, que la individualidad es, esencialmente, un fracaso. Tu triunfo es el diquecito y tu derrota esa draga violadora. A veces no podemos evitarlo, a veces es el tiempo y al tiempo se lo pierde y nada más. No podemos pedirle al tiempo. No podemos pedirle, por ejemplo, tiempo devolveme el río, devolveme a los abuelos, devolveme a Roma, devolveme las ganas de treparme a los árboles. Devolveme a la Cindor en botella de vidrio o a las salchichas rellenas de queso… Qué solos nos sentiríamos sin nuestros recuerdos... Ojo, no quiero ser joven, no quiero tener un minuto menos de los que los tengo, la juventud está sobrevalorada. Pero hoy, por un rato, devolveme a Maradona esquivando ingleses, devolveme mi cuaderno de dibujo y mi family game, con ese cartucho de mil juegos repetidos, comprado en Ciudad del Este. Devolveme mi perro Duke, las rodillas raspadas, los puntos de sutura en la pera. Devolveme el patio del Fortín Heroico y devolveme la pelota, que me llevó el río.


 Bernardo Stinco, 19 de enero de 2018, La Carlota.

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