No hay nada malo en clavarnos otro súper pancho con lluvia de papas a las tres de la mañana, volviendo de cualquier lado. En tomarnos unas copas de más, en detenernos otro rato en el ocio contemplativo. No, no hay nada malo.
Un aire calmo y oscuro circula entre los cuerpos. Mi cuerpo es apenas una bolsa conexa por cables rojos. Tengo sueño, siempre tengo sueño con este calor. Me arden los ojos. Los bares de las estaciones de servicio se parecen cada vez más a las salas de espera de los hospitales, donde convencionalmente se nace y se muere y no se vende cerveza. Yo nací en abril. No hay nada malo en nacer en abril, mi abuelo, se murió en abril. Abro la mandíbula y muerdo, el pancho variopinto, a estas horas, bajo la coloración del led del alumbrado público, es un poema.
A veces, cuando ando así, trasnochado, me imagino que el mundo no duerme y prefiero imaginarlo cogiendo. No, olvídate, eso no me hace sentir mejor, pero al menos me distrae y distrae también al redundante fantasma de la finitud, insomne, al que tanto le gusta venir a charlar a la madrugada. Entonces por ejemplo, en vez de contemplar la tumba, me pregunto, si las chicas de derecha cogerán mejor que las de izquierda ¿o será al revés?
¿Cogerán en neutro los neoliberales? ¿Qué dice este tipo? No hay nada malo en que lo que escriba hoy sea una porquería. No hay nada malo en catalogar los variados estadios del fracaso en un poema con forma de superpancho, de bar de estación de servicio, de sala de espera de hospital. Si el mundo es un caos estricto, con la profundidad argumental de una película porno.
Un aire calmo y oscuro circula entre los cuerpos. Mi cuerpo es apenas una bolsa conexa por cables rojos. Tengo sueño, siempre tengo sueño con este calor. Me arden los ojos. Los bares de las estaciones de servicio se parecen cada vez más a las salas de espera de los hospitales, donde convencionalmente se nace y se muere y no se vende cerveza. Yo nací en abril. No hay nada malo en nacer en abril, mi abuelo, se murió en abril. Abro la mandíbula y muerdo, el pancho variopinto, a estas horas, bajo la coloración del led del alumbrado público, es un poema.
A veces, cuando ando así, trasnochado, me imagino que el mundo no duerme y prefiero imaginarlo cogiendo. No, olvídate, eso no me hace sentir mejor, pero al menos me distrae y distrae también al redundante fantasma de la finitud, insomne, al que tanto le gusta venir a charlar a la madrugada. Entonces por ejemplo, en vez de contemplar la tumba, me pregunto, si las chicas de derecha cogerán mejor que las de izquierda ¿o será al revés?
¿Cogerán en neutro los neoliberales? ¿Qué dice este tipo? No hay nada malo en que lo que escriba hoy sea una porquería. No hay nada malo en catalogar los variados estadios del fracaso en un poema con forma de superpancho, de bar de estación de servicio, de sala de espera de hospital. Si el mundo es un caos estricto, con la profundidad argumental de una película porno.
Bernardo Stinco, 13 de enero de 2018, La Carlota.
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