miércoles, 26 de marzo de 2025

Leonardo Favio, EL ARTISTA de los dos siglos de historia argentina - por Ber Stinco

 Leonardo Favio logró construir un universo propio, pero su mayor virtud no radica solo en la singularidad de su obra, sino en su capacidad para condensar una mirada profundamente argentina. Su cine, su música, su estética en general configuran una cosmovisión que, con el tiempo, parece haberse vuelto parte del imaginario colectivo, como si siempre hubiera estado ahí, esperando ser revelada. En este sentido, su figura excede las fronteras del arte para convertirse en un fenómeno cultural de alcance mayor.

Favio no es únicamente un cineasta o un músico: es un artista total. Su sensibilidad lo atraviesa todo y dota a su obra de una cohesión interna poco frecuente. Su universo narrativo y musical no está compuesto por piezas aisladas, sino por fragmentos de un mismo todo, unidos por una lógica interna que no necesita ser explicitada. En su arte hay una continuidad, un código compartido que remite a una tradición popular pero que, al mismo tiempo, la reformula.

Si bien su obra es profundamente política, su enfoque no se inscribe dentro de los parámetros habituales del materialismo que caracteriza a buena parte del arte comprometido del siglo XX. En Favio hay una dimensión metafísica que lo diferencia de otras corrientes de pensamiento artístico e ideológico. No se trata de una metafísica abstracta ni especulativa, sino de una que se manifiesta en lo cotidiano, en los gestos, en la forma de construir las imágenes, en la manera en que el tiempo parece fluir en sus películas y en sus canciones.

Su estética, por momentos, adquiere un carácter onírico, pero no en el sentido evasivo o autorreferencial del arte contemporáneo, sino como un modo de experimentar la realidad desde la emoción y la memoria. En Favio, Argentina no es solo un escenario: es un territorio afectivo, una experiencia que se vive en carne viva.

En su faceta musical, esta sensibilidad también está presente. No solo en sus propias composiciones, sino en la selección de canciones ajenas que decidió interpretar. Temas como Chiquillada o Me estoy volviendo loco reflejan su capacidad para apropiarse de un repertorio y dotarlo de una nueva carga expresiva. Dentro de su propia obra, Mi tristeza es mía y nada más se erige como una de sus piezas más conmovedoras, mientras que Ella ya me olvidó y Fuiste mía un verano pueden considerarse expresiones paradigmáticas de la canción popular.

Más allá de sus distintas facetas artísticas, lo que distingue a Favio es la coherencia interna de su obra. Cada película, cada canción, cada imagen parece formar parte de un entramado mayor, de una poética singular que lo convierte en una de las figuras más relevantes del arte argentino.

martes, 25 de marzo de 2025

El crítico como arquitecto del deseo

 

Un buen crítico no es aquel que demuestra haber leído más que su lector, sino aquel que lo convence de que leer (o no leer) un libro es una acción significativa. Su tarea no es la de un juez que dicta sentencia, sino la de un arquitecto del deseo que construye el anhelo de hundirse en las páginas de una novela o, por el contrario, de evitarla como se esquiva una avenida en obra.

El crítico de talento no se contenta con enumerar virtudes y defectos. No pontifica desde un pedestal de superioridad libresca. En cambio, manipula la imaginación del lector, planta en él la inquietud, lo arrastra a la decisión íntima de abrir o no un libro, como si se tratara de una puerta misteriosa. No es tanto un guardián del canon como un traficante de entusiasmo o repulsión.

Por eso, los grandes críticos no son necesariamente los más justos, sino los más contagiosos. Un Borges, que hacía que cualquier libro pareciera imprescindible. Un Bloom, que convertía la lectura en un duelo. Leer sus reseñas es, en sí mismo, un acto estético, una forma de placer que a veces supera al libro del que hablan.

El crítico perfecto es aquel que, sin haber escrito una sola línea de ficción, logra que los demás vivan la literatura como si cada libro pudiera cambiarles la vida.

 

 

Una deriva sobre la mayonesa

 

Hace varios años, cuando viví una temporada en Mallorca, me hice adicto a unas galletitas que llevaban de nombre "Mahón". Eran de esas galletitas que uno no prueba por elección propia sino porque están ahí, al costado del café, y después de un tiempo te descubrís buscándolas en el supermercado con la sensación vaga, pero creciente, de que algo en tu organismo ha sido reconfigurado en torno a su existencia. Mahón es la capital de Menorca, la isla de al lado, y fue en Mallorca también donde alguien me aseguró con la autoridad de quien cuenta una anécdota mil veces repetida que la mayonesa fue inventada, o al menos popularizada, en Mahón. De ahí, mahonesa. De ahí, la gloria.

Porque la mayonesa, digámoslo sin rodeos, es una de las más grandes creaciones de la humanidad. No estamos hablando de un condimento menor, de un simple aditivo que embellece pero no transforma. No. Es la alquimia llevada a su máxima expresión: huevos y aceite combinados en una unión sublime a través de la pura magia de la física. La tensión superficial vencida, la cohesión impensada. Hay algo conmovedor en la mayonesa, en su insistencia en existir contra toda lógica.

Y lo mejor de todo es su ubicuidad, su voluntad democrática de mejorar cualquier cosa con la que entre en contacto. Sándwiches, por supuesto, que sin mayonesa serían apenas un triste conjunto de ingredientes apiñados entre dos rebanadas de pan. Pero también papas, ensaladas, carnes frías, sobras olvidadas en la heladera que de repente recuperan su dignidad gracias a una cucharada generosa. ¿Cuántas cenas de emergencia han sido rescatadas por un frasco de mayonesa? ¿Cuántos almuerzos de oficina han adquirido sentido gracias a su presencia discreta pero insustituible? La mayonesa es el pegamento universal de la comida casera.

Se la acusa de ser calórica, de ser opresiva en su sabor, de ser vulgar. Pero esto es puro esnobismo. La mayonesa no pide perdón por lo que es. No tiene pretensiones. Está ahí para servir. Y quizá, en estos tiempos inciertos, haya algo profundamente admirable en esa entrega absoluta, en esa vocación de estar siempre lista para mejorar la experiencia de quien la necesita.

jueves, 13 de marzo de 2025

Una deriva sobre el Papa Francisco

 

El catolicismo de Francisco es un raro vestigio de algo que el mundo moderno finge no necesitar: la idea de que la comunidad pesa más que el individuo, de que la misericordia no se negocia y de que la dignidad no se mide en rendimientos de mercado. En un tiempo donde la ética protestante sigue canonizando el esfuerzo individual como salvación y el liberalismo insiste en que la libertad es solo para quien pueda pagarla, el Papa habla de los últimos, de los descartados, de los que no entran en ningún cálculo.

El Papa me habla de los que me hablaban los poetas malditos en mi más tierna juventud. Los mismos que Rimbaud veía en los muelles, que Baudelaire encontraba en las esquinas de París, que Vallejo lloraba en una acera de Madrid. Los nadies, los rotos, los que el mundo deja atrás sin mirar. Pero a diferencia de los poetas, que los cantan con la melancolía de quien sabe que la historia no los absolverá, Francisco los señala como centro, no como margen. Porque sin bien el arte solo puede existir en los bordes, la misión de un buen cristiano es otra. No es la contemplación, ni la estética del derrumbe, ni la fascinación por la derrota. No es hacer de la miseria un símbolo, ni de la pobreza un lienzo. La misión de un buen cristiano no es cantar a los caídos, sino levantarlos. No es poetizar la herida, sino cerrarla. Y ahí está Francisco, con la obstinación de quien cree que el mundo no está perdido, que la compasión no es un lujo y que la fe—más que un refugio—es un llamado a hacer algo, aquí y ahora, con lo que tenemos, con lo que somos.