martes, 13 de marzo de 2018

El asesinato de Jorge Ross

Si él se hubiera avispado. Si hubiera advertido, si se hubiera dado cuenta que los roles desaparecen de buenas a primeras con la inmediatez de un relámpago. Si hubiera percibido que el estatus es una ficción y que la neblina desperdigada en la mirada de aquel hombre solo profesaba la antigua fe del hierro. Que la marginalidad destruye y denigra cualquier código social y que los modales de patrón muchas veces se disgregan en el arrabal. Si él hubiera intuido que cualquier momento de la historia es el fatal resultado de todos los momentos anteriores y que observar con atención corresponde a recordar con claridad.
No he de narrar aquí una tesis, tan solo me limito a exponer el singular relato del crimen más mentado del pago de la Punta del Sauce, el asesinato del jefe político de Juárez Celman.
Versiones, dudas, cálculos e hipótesis que llegan hasta nuestros días. Todo es polvo de tiempo. Ya no quedan esos hombres pero perdura un nombre, un nombre que ya ni siquiera es suyo, un nombre que nadie asocia con su rostro, el nombre de una divisa, de un escudo, de una calle compartida.
La voracidad y el rencor son de las pocas cosas que tienen los que no tienen nada, y Celestino Fredes no tenía nada, ese mismo domingo había sido detenido en la cancha de carreras de caballos por generar disturbios, en eso andaba cuando se cruzó con Mariano Rodríguez, mano derecha de Ross, y terminó en la taquería. Y fue el mismo Jorge Ross, su víctima, quien ordenó que lo liberaran.
Cuando el niño bien se encontró con el hombre sin historia ya era tarde. Dios no atiende en La Carlota, sabe. En la anarquía de un río revuelto, en el cuerpo a cuerpo en que derivó el destino, tal vez pensó, con los azares consumados, desordenadamente, en el reino de los cielos.
La ruina de todos los hombres comienza en el cenit de su existencia. Si él se hubiera dado cuenta que la muerte no existe en antagonismo a la vida sino, tan solo, como parte de ella. Si hubiera advertido esa noche que ya no habría una luna que no sea espejo del pasado.  



Bernardo Stinco, La Carlota, 13 de marzo de 2018 

domingo, 11 de marzo de 2018

La balada del Charrúa.

Son hallazgos ínfimos,
la sutil belleza
que se guarda
en los pliegues
de la memoria
es lo que termina
salvando al mundo.
Hay algo oculto
en la esencia de las cosas
que nos enamora de ellas.
A veces un gesto ínfimo,
un reflejo simple
que delata la cualidad irresistible.
Vivir de tal manera.
No sé cómo explicarlo,
pero vos me entedés.
Agradezco que me di cuenta.
De eso que te das cuenta de chico,
cuando la vida le gana a la dialéctica.
Ahora
Mientras la cena
Parte la noche en dos
El silencio me hace pensar
Central Córdoba
es el ritmo del tren sobre los rieles,
un vagón atravesando la distancia.
Es difícil encontrar compañía
si lo que uno quiere
es pensar
Central Córdoba
Es una canción sencilla,
un asado de falda.
Es un grupo de amigos
yendo a bailar en bondi
a la loma del culo
rebotando en la puerta
con el patovica.
Es quedarse todos afuera
porque no dejaron
entrar a uno.
Central Córdoba
Es el sabor de la sangre en la boca
después de las trompadas en la plaza
contra una banda de otarios
tres años más grandes.
Pelear espalda con espalda
es Central Córdoba.
Es coger de parado
tomar vino en caja
hasta vomitar en colores.
También se puede
morir parado
y acompañado
Es olor a tuca
y tacto de ojotas en verano.
Es ir con la quincena
recién cobrada
a la carnicería
y pedir mollejas.
Es reírse en público
Y llorar con fe, en privado.
La fe no es un poema,
no es una palabra,
ni un pájaro,
ni una canción idiota
de Palito Ortega.
Tener fe
Como un borracho a que le fíen.
Como un perro cruzando la autopista de noche.
Como un parque de diversiones abandonado.
Como mi abuelo en la cama del hospital.
Tener fe
con el boleto del caballo
que perdió ayer.
Sin optimismo,
sin ilusión,
sin quedarse,
ni irse.
Tener fe.
Tener fe
como la primera ramita que forma un nido
Como el kiosquero que le fía al borracho.
Tener fe en que esté fría
la cerveza que nos fio el kiosquero.
Central Córdoba
tercera posición,
es andar con el grafiti
de Villa Manuelita
pintado en la cara.
Es el viejo del Pupe
dejando el auto en cumbia
para comprar pizza
en la Santa María.
Una pelota de papeles.
Un barrilete en un baldío
Me di cuenta
en el octogonal de 1993.
Mirando el partido contra Colón.
Salvo por el mundial de Italia
o la Copa América
nunca había visto
a todos del mismo lado.
Entonces entendí,
Igual si no lo entendés
no te voy a culpar.
Serás así...
A mí no me sale
un sentimiento sincero
por los del embarcadero
pero menos
mucho menos
por los poderosos
no me sale la porteñofilia
no me sale querer
que pierda el de abajo.
Como ver los pitufos
Y querer que se los coma Gargamel
como ser fan de Esqueletor
como ser fan de Liberm*n
No existe esa clase de amor…
¿Cómo vas a estar en contra
de que el pobre se divierta,
flexibilizador emocional?
Pienso
sin cerrar las manos
sin abrir los ojos
No quiero que ganen
los que ganan siempre,
no quiero que pierdan
los que pierden siempre
ni siquiera en el futbol,
que es lo más importante
de lo menos importante.


Bernardo Stinco, La Carlota, 8 de marzo de 2018 

martes, 6 de marzo de 2018

Cine Marconi


Es 1988. Estamos en el cine Marconi, el largo brazo de luz perforando la oscuridad. Mis ojos fijos en la pantalla. Es una película de una chica pelirroja de nombre Pippi, todos visten de manera chistosa y cada tanto entra a escena un caballo blanco y un mono tití llamado Señor Nilsson. Después veremos, en continuado, Las aventuras de Chatrán, la cual ya vimos varias veces pero nunca es suficiente cuando se trata de ese gato aventurero. Es un sábado a la tarde y la matinée rebalsa de chicos. Gritamos, aplaudimos, golpeamos los pies contra el piso y ante cualquier desperfecto técnico puteamos con nombre y apellido (y en falsete) al encargado del cinematógrafo.
Antes llegamos caminando por las tranquilas calles de La Carlota junto a mi hermana y a las hijas apenas mayores de una amiga de mi madre que hoy auspician de responsables. Evidentemente es la siesta del sábado, todos los negocios están cerrados y solo el ruido de alguna moto interfiere con la calma.
Corrimos por todas las veredas y nos detuvimos al llegar a cada esquina para cruzar de la mano de las responsables, tal como indica el protocolo en estos casos, aunque a la altura de la pileta municipal cruzamos desbandados por la emoción de ver el kiosco abierto. Ese kiosco emplazado a metros de la vidriería de Rodríguez, donde compramos la latita de pastillas billiken que estamos comiendo ahora. Después, en el intervalo, volveremos a buscar provisiones pero acá, en la entrada del cine y serán una caja de Sugus confitados y una de maní con chocolate.
Son los años de Volver al futuro, de Los Goonies, de los Bici voladores y Karate Kid. También son los años en que el cine argentino sacaba una copia local de cada éxito de Hollywood, como los casos de Monguito, el ET nacional y popular, y Gult, el Alf criollo que acompañaba a Emilio Disi y podía robar billeteras con la vista.
Mezclando un asunto y otro, recuerdo que la pesadilla más recurrente de mi infancia también estuvo escenificada en el cine Marconi; ingresaba yo de la mano de mi padre, y en el estricto momento de entrar a la sala nos separábamos, uno por cada puerta, y ahí solo, en la oscuridad, me estaba esperando Drácula. No cualquier Conde, era el de Bela Lugosi en blanco y negro, única imagen del vampiro que yo conocía hasta ese entonces. Lo soñé tantas veces que puedo recordarlo con lujo de detalles.
Los cines de pueblo y de barrio murieron en los noventa para convertirse en templos religiosos o boliches. A decir verdad durante mi adolescencia no reparé de manera consciente en que el lugar donde íbamos a bailar, El Bosque, era el mismo donde solo algunos años atrás nos reíamos con Larguirucho.
Imaginar que en otros tiempos fue más diversa y abundante la vida es una conjetura errónea y de cepa nostálgica. Además, tan invasor es el olvido… Dicho esto me veo en el deber de subrayar que entonces para un chico del pueblo, entrar al cuarto oscuro por avenida Vélez Sarsfield y encontrarse de repente en Egipto o California, en el espacio exterior, entre Cowboys o extraterrestres, animales exóticos o superhéroes junto a sus amigos era una de las experiencias más maravillosas que podía ocurrirle.

Bernardo Stinco, La Carlota, 6 de marzo de 2018