Dentro de mil años, que son muy pocos para este planeta, yo ya no voy estar, y vos tampoco.
Nadie se va a acordar de este momento, dentro de mil años.
Vos seguro que no querés que te recuerde así, como ahora. Olvídate, porque yo me voy acordar de vos de todas las formas y al mismo tiempo. A mí no me importa nada.
Mil años no existen para el universo. Nada quedará, de lo ligero a lo monolítico, todo será polvo. Quien sabrá de tus ojos grises y de los juegos de tus tíos, esos vascos brutos del sur bonaerense. Ya no nos vamos a abrazar más, abuelo. Quién se va a acordar del olor de tu casa y de tus chistes malísimos. De los colonos de Los Cisnes, de Funes, de Maipú y Chacabuco.
Ayer te fui a visitar, casi no dijiste palabra, me estiraste la mano.
Tu vida insiste, débil, taciturna, anhélito de abandono. “Todo quedó tan lejos” me dijo ella “¿te acordás cuando jugaban al perro para mí?”, abuela.
Ya no nos vas a llamar, sin voz, desde la cama, desnudo, sólo, desarmado. Con el corazón a la intemperie. Ya no te voy a presentar más novias, viejo, ni te voy a pedir dormir en la casilla con linternas.
Quien se acordará de este imposible mañana juntos, dentro de mil años. De lo que fuimos, del banquito de carpintero que me regalaste, del olor a Pervinox que ahora tiene la casa. Del amor que me diste, del tipo que sos. Mi consuelo, es que dentro de mil años, ya no te voy a extrañar.
Nadie se va a acordar de este momento, dentro de mil años.
Vos seguro que no querés que te recuerde así, como ahora. Olvídate, porque yo me voy acordar de vos de todas las formas y al mismo tiempo. A mí no me importa nada.
Mil años no existen para el universo. Nada quedará, de lo ligero a lo monolítico, todo será polvo. Quien sabrá de tus ojos grises y de los juegos de tus tíos, esos vascos brutos del sur bonaerense. Ya no nos vamos a abrazar más, abuelo. Quién se va a acordar del olor de tu casa y de tus chistes malísimos. De los colonos de Los Cisnes, de Funes, de Maipú y Chacabuco.
Ayer te fui a visitar, casi no dijiste palabra, me estiraste la mano.
Tu vida insiste, débil, taciturna, anhélito de abandono. “Todo quedó tan lejos” me dijo ella “¿te acordás cuando jugaban al perro para mí?”, abuela.
Ya no nos vas a llamar, sin voz, desde la cama, desnudo, sólo, desarmado. Con el corazón a la intemperie. Ya no te voy a presentar más novias, viejo, ni te voy a pedir dormir en la casilla con linternas.
Quien se acordará de este imposible mañana juntos, dentro de mil años. De lo que fuimos, del banquito de carpintero que me regalaste, del olor a Pervinox que ahora tiene la casa. Del amor que me diste, del tipo que sos. Mi consuelo, es que dentro de mil años, ya no te voy a extrañar.
Bernardo Stinco, La Carlota, 31 de enero de 2018.