miércoles, 31 de enero de 2018

Mil.



Dentro de mil años, que son muy pocos para este planeta, yo ya no voy estar, y vos tampoco.
Nadie se va a acordar de este momento, dentro de mil años.
Vos seguro que no querés que te recuerde así, como ahora. Olvídate, porque yo me voy acordar de vos de todas las formas y al mismo tiempo. A mí no me importa nada.
Mil años no existen para el universo. Nada quedará, de lo ligero a lo monolítico, todo será polvo. Quien sabrá de tus ojos grises y de los juegos de tus tíos, esos vascos brutos del sur bonaerense. Ya no nos vamos a abrazar más, abuelo. Quién se va a acordar del olor de tu casa y de tus chistes malísimos. De los colonos de Los Cisnes, de Funes, de Maipú y Chacabuco.
Ayer te fui a visitar, casi no dijiste palabra, me estiraste la mano.
Tu vida insiste, débil, taciturna, anhélito de abandono. “Todo quedó tan lejos” me dijo ella “¿te acordás cuando jugaban al perro para mí?”, abuela.
Ya no nos vas a llamar, sin voz, desde la cama, desnudo, sólo, desarmado. Con el corazón a la intemperie. Ya no te voy a presentar más novias, viejo, ni te voy a pedir dormir en la casilla con linternas.
Quien se acordará de este imposible mañana juntos, dentro de mil años. De lo que fuimos, del banquito de carpintero que me regalaste, del olor a Pervinox que ahora tiene la casa. Del amor que me diste, del tipo que sos. Mi consuelo, es que dentro de mil años, ya no te voy a extrañar.




Bernardo Stinco, La Carlota, 31 de enero de 2018.  

martes, 30 de enero de 2018

No te asustes


No hay nada malo en clavarnos otro súper pancho con lluvia de papas a las tres de la mañana, volviendo de cualquier lado. En tomarnos unas copas de más, en detenernos otro rato en el ocio contemplativo. No, no hay nada malo.
Un aire calmo y oscuro circula entre los cuerpos. Mi cuerpo es apenas una bolsa conexa por cables rojos. Tengo sueño, siempre tengo sueño con este calor. Me arden los ojos. Los bares de las estaciones de servicio se parecen cada vez más a las salas de espera de los hospitales, donde convencionalmente se nace y se muere y no se vende cerveza. Yo nací en abril. No hay nada malo en nacer en abril, mi abuelo, se murió en abril. Abro la mandíbula y muerdo, el pancho variopinto, a estas horas, bajo la coloración del led del alumbrado público, es un poema.
A veces, cuando ando así, trasnochado, me imagino que el mundo no duerme y prefiero imaginarlo cogiendo. No, olvídate, eso no me hace sentir mejor, pero al menos me distrae y distrae también al redundante fantasma de la finitud, insomne, al que tanto le gusta venir a charlar a la madrugada. Entonces por ejemplo, en vez de contemplar la tumba, me pregunto, si las chicas de derecha cogerán mejor que las de izquierda ¿o será al revés?
¿Cogerán en neutro los neoliberales? ¿Qué dice este tipo? No hay nada malo en que lo que escriba hoy sea una porquería. No hay nada malo en catalogar los variados estadios del fracaso en un poema con forma de superpancho, de bar de estación de servicio, de sala de espera de hospital. Si el mundo es un caos estricto, con la profundidad argumental de una película porno.

Bernardo Stinco, 13 de enero de 2018, La Carlota. 

El río y el tiempo.

La pelota se me iba al agua en el epílogo del Chocancharava que viboreaba por la pampa, justo antes de cambiar de piel en los bañados del Saladillo. Acá donde tenés las orillas cerquita, donde te ponés finito. Donde te ponés largo, como adolescencia de cheto. Acá donde los caballos toman agua en la curva de Maidana, donde te pusieron esos terraplenes crueles, herejes y el pueblo te da la espalda, hermano. Qué saben ellos… Yo sé un secreto, conozco la sensación. Estamos solos. Solos y atrapados. Atrapados en nuestras conciencias, en nuestros terraplenes. En el fondo el mundo no tiene mucho que brindar, no más que nosotros mismos, que nuestra conciencia. Se vive mal cuando tu tiempo es tuyo. Cuando tu tiempo es solo tuyo el reflejo de la muerte es insoportable. La ridícula desgracia de sentirse importante. No hay que pedirle mucho al destino, todos somos insignificantes, todos somos mezquinos, todos somos ridículos. Cierro los ojos y veo como el sol te pega en la barranca y te sacan a bailar las carpas, los moncholos, los bagres y algún sabalito. Tenés a los sauces llorándote encima, viejo, y un vientre de arena y barro para teñirte color llanura, que es el color del criollo, aguas del Soco Soco. El cielo, la soledad, los perros y los carreros paleando en Villa Cariño. Los patios de las casitas del barrio del Congo y el astillero que no fue del Toro Almirón. Las piedras embolsadas en alambre defendiéndote las curvas. Las piraguas de remadas perezosas en verano buscando el puente de Olmos y los pibes clavándose desde el anaranjado, que es anaranjado, aunque ahora lo pinten de otro color. Los rastros del ferrocarril, ramal de la cuenca hídrica del Plata, pampa húmeda federal, donde es redundante el Montecito, los mosquitos, la siesta, los asados, los días del estudiante, la crecida, la bajada de Dotti y los arcos de la canchita del Cura, para jugar veinte contra veinte, porque vos sabés, mejor que nadie, que la individualidad es, esencialmente, un fracaso. Tu triunfo es el diquecito y tu derrota esa draga violadora. A veces no podemos evitarlo, a veces es el tiempo y al tiempo se lo pierde y nada más. No podemos pedirle al tiempo. No podemos pedirle, por ejemplo, tiempo devolveme el río, devolveme a los abuelos, devolveme a Roma, devolveme las ganas de treparme a los árboles. Devolveme a la Cindor en botella de vidrio o a las salchichas rellenas de queso… Qué solos nos sentiríamos sin nuestros recuerdos... Ojo, no quiero ser joven, no quiero tener un minuto menos de los que los tengo, la juventud está sobrevalorada. Pero hoy, por un rato, devolveme a Maradona esquivando ingleses, devolveme mi cuaderno de dibujo y mi family game, con ese cartucho de mil juegos repetidos, comprado en Ciudad del Este. Devolveme mi perro Duke, las rodillas raspadas, los puntos de sutura en la pera. Devolveme el patio del Fortín Heroico y devolveme la pelota, que me llevó el río.


 Bernardo Stinco, 19 de enero de 2018, La Carlota.

Instrucciones para elegir amigos.

Concurra a lugares públicos, vaya a bares, al cine, a la cancha, al hipódromo, a la librería, al bodegón. Pida milanesa con papas fritas, pida colita de cuadril, tome vino con soda, duerma la siesta, putee al presidente, adopte un gatito, ¿no le gustan los gatitos? No hay problema, un perro también servirá. Sea caballero, no olvide esta parte que es muy importante. Coja cada vez que se le presente la ocasión, escuche música, aprenda a tocar un instrumento, vaya a visitar a sus padres, a sus abuelos, a lo que tenga. Sea cariñoso. Recuerde que hay solo dos cosas que no se pueden ser en esta vida; vigilante y mal educado, lo demás vamos viendo. Ahora compre mortadela, queso, salamín, hágase una picada ¿tiene vermú en su casa? Si no tiene crúcese al almacén del frente y compre uno. Si no tiene plata no se preocupe, la señora tiene cara de qué si le llora un poco la carta se lo fía. ¿Se da cuenta por qué hay que comprar en almacenes? ¿Qué más quiere? ¿Me entiende? No pierda un solo minuto de su vida buscando amigos, los amigos se encuentran. No olvide, la familia no se elige y son los amigos los que lo definen y los amigos que se hacen de grande más que nada. Porque a fin de cuentas esos son los tipos que uno elige y lo eligen a uno, no los que le sentó la señorita al lado, en la escuela.



 Bernardo Stinco, 26 de enero de 2018, La Carlota.