lunes, 26 de febrero de 2018

La Tía Nati


I
Bien, ahora mismo, desde un verano de los noventa, estamos charlando con los pibes de la escuela en algún banco de la plaza del cañón, en mi casa no se hablaba de muerte ni de sexo. Con mis amigos no hablábamos de otra cosa. Es de noche, el olor de las plantas, la humedad en el aire, cierro los ojos y veo ese trecho de ruta. Ese mismo, semejante a un áspero serrucho con tantos y tantos pozos, ya estamos saliendo del pueblo, a mano derecha el almacén de la Mabel, abierto, siempre abierto, más adelante la quinta de Olmedo, la feria y después del camino que va al IPEA y la curva, el Aero Club.
A Huanchilla, a Laboulaye dicen los carteles de chapa a un lado de la ruta. Hace un rato escuchamos de punta a punta el cassette de La mosca y la sopa y ahora suena en la radio, oportuno, El rock del gato. El tío de alguien aparece en una F100 volviendo de frente, en la curva, un poco antes de la quinta de Benítez, que lastima, si lo encontrábamos allá nos iba a tener que pagar algo… Vamos a la Nati, vamos en remís.

II
"¿De quién sos?" preguntan los parroquianos en la puerta para identificarnos. Yo dije "hijo del Pájaro", los otros dijeron otras cosas. “Pasen chicos, pero no rompan las pelotas”.  Entramos. Ahí está la tremenda fonola, al fondo, y sobre ella un tipo de camisa a cuadros, unos cuarenta años, pasando los discos con la flechita. Luego de tantos años y tantos cambios, cierro los ojos y todavía las veo. Veo todas las fonolas del pueblo, la de la EG3, mi favorita, con los discos de Los Stones, AC DC y uno de Los Abuelos. Recupero por un momento cada detalle de esos firmes recuerdos de la adolescencia. Arranca el hit de Grupo Sombras y un veterano se queja desde atrás de la barra, “poné un lento para apretar, pajero”.  

III
Luz roja para el lado de afuera y tenue para el de adentro, iluminando apenas el centro y dejando en penumbra a los rincones. La arquitectura contemporánea busca ser impersonal, invisible a partir de la funcionalidad. Debe permitir la circulación rápida de individuos y mercancías, tiende a reducir el espacio a su dimensión puramente geométrica. La Nati, en cambio, reúne una intensa mezcla de fragancias y tonadas que viajan y pululan por el aire del lugar, ejemplo exagerado, aquella paraguaya, perfumada, acodada en la barra, tomando un té en vaso de whisky.

IV 
Es 28 de diciembre de 1997 y con Men*m en la presidencia el día de los inocentes parece una redundancia. Estamos acompañando a un amigo que le cortó el pasto de todos los familiares y vecinos para juntar los cincuenta pesos que se gastará en menos de cinco minutos. ¿Van a tomar algo? ¿Van a pasar? – todavía no, digo. Apenas si nos alcanza para el remís, pero a eso no lo digo. Igual no hace falta, estamos juntando monedas para comprar un porrón, las chicas ya ni se nos acercan. Los demás caballeros, en cambio, caminan, chapan, chupan, fuman, bailan, gritan y harían más ruido si se les ocurriera como.

V
Nuestro pollo, el de los cincuenta pesos, ahora le mete un trago largo a la botella, como tomando impulso. “¿Cincuenta pesos? La entrada al boliche sale siete con consumición.” Dice el rata del grupo, él que se pasa los sábados llamando a la radio para conseguir esa entrada gratis.
¿Cuántas veces contamos la misma historia? ¿Cuántas veces la cambiamos, la reinterpretamos, la editamos? Nuestra historia no es nuestra historia, es tan solo un nuevo recuerdo de alguno previo. Y esa entelequia es el material con el que construimos el relato de nuestra vida.

VI
¿Dije que iba a gastarse los cincuenta pesos en cinco minutos? Soy un exagerado… A los dos minutos estaba afuera. Nos volvemos en remís, cuando pasamos por el Aero Club uno dice “mañana vamos a venir a esta pileta, los del de monjas tienen equipo de fútbol y vienen acá” No le damos bola al comentario, seguimos hablando de sexo y economía. Todavía no sabemos que los términos de la economía no rigen para la vida. En la economía las ganancias se acumulan y las pérdidas no. Pero en la vida, las que se acumulan son las pérdidas. Las ganancias pasan... en cambio, el dolor, las ausencias, los fracasos se acumulan.
Fogwill dijo en un cuento, que los días, cuando nos resultan parecidos unos a otros, suelen darnos una constancia y esa semejanza produce sensación de felicidad. En esos veranos, en La Carlota, los días, de semejantes, parecían no terminar nunca.



                                             Bernardo Stinco, La Carlota, 26 de febrero de 2018 

sábado, 10 de febrero de 2018

La Leyenda del Toro Almirón

Se morían los ´80. Mi primo Roberto y yo estábamos sentados en el cordón de la vereda frente a la casa de nuestros abuelos. Habíamos comprado en el kiosco unos chocolatines que venían con unas calcomanías de los Thundercats. Era una mañana de verano. Entonces lo vimos venir. Rober se puso pálido. Entonces le digo, asustadísimo: “Metele, que nos lleva”. Corrimos hasta la puerta y empezamos a subir la escalera a las zancadas, no teníamos más de 6 años y ese gaucho barbudo de ojos enturbiados, rodeado de perros, con una bolsa en el hombro, nos causaba terror. El Toro Almirón era famoso, lo conocía todo el mundo en La Carlota, aunque en ese momento de decadencia homeless se podría decir que era tristemente célebre. Nosotros, por supuesto, también habíamos oído su leyenda, pero la versión infantil, que lo pintaba como una especie de viejo de la bolsa alternativo. En cambio, la data que manejaban los adultos era mucho más jugosa; decían que había sido un bon vivant, que la despilfarró entre viajes, joda y la poética quimera de construir un barco para navegar desde el río Cuarto al Paraná. Decían, también, que había recorrido catorce provincias a caballo para llegar hasta la Casa Rosada, a entrevistarse con su amigo, el Presidente Perón. 
El Toro lucia como un Cafrune viejo y en situación de calle, pero eso lo sé ahora que se quien fue Cafrune, en esa época la imagen proponía un enigma, y yo lo relacionaba con algún villano de Titanes en el Ring. Como un primo malo del campo de Karadagian mezclado con Gargamel de Los Pitufos. 
Don Luis Almirón había nacido en las primeras décadas del siglo pasado y legó de su padre un apodo y una cuantiosa herencia los cuales a la postre resultaron claves para forjar su leyenda. Recuerdo largas charlas mentando al Toro en los recreos del Fortín Heroico. Todos mis compañeritos de primer grado le tenían miedo. Me atrevo a decir que, a los que en los ochenta fuimos habitantes niños de La Carlota, nos resulta imposible extirpar su cara y su nombre de aquella época. 
Dicen que lo primero que hizo cuando tuvo dinero fue rajarse a Capital junto a un grupo de amigos, nada muy original, pueblerinos con ansias de encandilarse con las luces del centro. Pero Buenos Aires los cansó y terminaron cruzando el charco para instalarse como asiduos del casino de Montevideo. Fue tal el rigor que el bolsillo empezó a boquear, la herencia comenzó a achicarse y la comitiva encabezada por el Dandy de tierra adentro debió abandonar la banda oriental. 
De regreso al pago un tal José Carranza lo tentó para construir un catamarán que uniría al modesto Chocancharava con el Paraná. El armador y financista fue nuestro héroe, quien soñó con surcar su río poéticamente cual Mississippi criollo. Almirón liquidó su último resto en ese idilio náutico, que si bien no prosperó en lo factico, si logró agregar una de las páginas más doradas a su leyenda. 
Ya en pampa y la vía, el Toro, hasta ahí un compadrito, decidió cambiar de argumentos y salió a buscar otros rumbos. Algunos dicen que se fue detrás de una pollera, otros que partió para administrar un campo, los menos especulan con que se fue del país. Pero lo cierto, es que hasta entrada la década de cincuenta le perdimos el rastro. 
Pero un día el hijo de este confín de la llanura volvió, esta vez como un gaucho hecho y derecho; Cambió trajes por botas rurales, su célebre sombrero negro de ala ancha y facón a la cintura. 
A veces sueño que el Toro viene buscarme y yo sin preguntar nada me subo a un caballo y partimos a recorrer la pampa. Caminos vagos, huellas de polvo y pastizales. Remolinos de arena, liebres, peludos, iguanas y breñas resecas. El caballo del Zorro se llamaba Tornado, el del Llanero Solitario, Silver y el del Toro Almirón, Chimango.
Almirón había pulido su artesanía de domador junto al Chimango, que brioso le correspondía el rebusque que consistía en llevar aquel privado arte gauchesco a la categoría de numero de feria. La coreografía empezaba desde un punto aéreo, abalanzado, donde la ductilidad y la comunión entre hombre y bestia encuentran su cenit. La resonancia inmensa de la soledad de la llanura descifrada en la energía del matungo en suspenso, buscando el cielo. La rápida parábola como un baile y el criollo veterano como director de ballet.
En los azares de la vida Almirón fue dandy, noche y partida. Fue compadrito en el Uruguay, naviero en las pampas, gaucho y domador. Fue nuestro viejo de la bolsa y monarca lumpen, rey de los perros de la calle. Murió en una casilla pegada a su rio a finales del ´91. 
Aventuras y excentricidades, la suya fue una vida donde hubo una intención de belleza. Ni la perspectiva que da el tiempo logra ordenar los caminos. La lógica utilitarista reclama un orden, un supuesto significado que la existencia no tiene. El Toro siempre circuló por donde esa absurda lógica del mundo es puesta en duda y todas las desesperaciones lo siguieron en círculos, como sus perros.


Bernardo Stinco, La Carlota, 10 de febrero de 2018