I
Bien, ahora mismo, desde un verano de los
noventa, estamos charlando con los pibes de la escuela en algún banco de la plaza
del cañón, en mi casa no se hablaba de muerte ni de sexo. Con mis amigos no
hablábamos de otra cosa. Es de noche, el olor de las plantas, la humedad en el
aire, cierro los ojos y veo ese trecho de ruta. Ese mismo, semejante a un
áspero serrucho con tantos y tantos pozos, ya estamos saliendo del pueblo, a
mano derecha el almacén de la Mabel, abierto, siempre abierto, más adelante la
quinta de Olmedo, la feria y después del camino que va al IPEA y la curva, el
Aero Club.
A Huanchilla, a Laboulaye dicen los
carteles de chapa a un lado de la ruta. Hace un rato escuchamos de punta a
punta el cassette de La mosca y la sopa y ahora suena en la radio, oportuno, El
rock del gato. El tío de alguien aparece en una F100 volviendo de frente, en la
curva, un poco antes de la quinta de Benítez, que lastima, si lo encontrábamos allá
nos iba a tener que pagar algo… Vamos a la Nati, vamos en remís.
II
"¿De quién sos?" preguntan los
parroquianos en la puerta para identificarnos. Yo dije "hijo del
Pájaro", los otros dijeron otras cosas. “Pasen chicos, pero no rompan las
pelotas”. Entramos. Ahí está la tremenda
fonola, al fondo, y sobre ella un tipo de camisa a cuadros, unos cuarenta años,
pasando los discos con la flechita. Luego de tantos años y tantos cambios,
cierro los ojos y todavía las veo. Veo todas las fonolas del pueblo, la de la
EG3, mi favorita, con los discos de Los Stones, AC DC y uno de Los Abuelos. Recupero
por un momento cada detalle de esos firmes recuerdos de la adolescencia. Arranca
el hit de Grupo Sombras y un veterano se queja desde atrás de la barra, “poné
un lento para apretar, pajero”.
III
Luz roja para el lado de afuera y tenue para
el de adentro, iluminando apenas el centro y dejando en penumbra a los rincones.
La arquitectura contemporánea busca ser impersonal, invisible a partir de la
funcionalidad. Debe permitir la circulación rápida de individuos y mercancías,
tiende a reducir el espacio a su dimensión puramente geométrica. La Nati, en
cambio, reúne una intensa mezcla de fragancias y tonadas que viajan y pululan
por el aire del lugar, ejemplo exagerado, aquella paraguaya, perfumada, acodada
en la barra, tomando un té en vaso de whisky.
IV
Es 28 de diciembre de 1997 y con Men*m en
la presidencia el día de los inocentes parece una redundancia. Estamos
acompañando a un amigo que le cortó el pasto de todos los familiares y vecinos para
juntar los cincuenta pesos que se gastará en menos de cinco minutos. ¿Van a
tomar algo? ¿Van a pasar? – todavía no, digo. Apenas si nos alcanza para el
remís, pero a eso no lo digo. Igual no hace falta, estamos juntando monedas
para comprar un porrón, las chicas ya ni se nos acercan. Los demás caballeros,
en cambio, caminan, chapan, chupan, fuman, bailan, gritan y harían más ruido si
se les ocurriera como.
V
Nuestro pollo, el de los cincuenta pesos,
ahora le mete un trago largo a la botella, como tomando impulso. “¿Cincuenta pesos?
La entrada al boliche sale siete con consumición.” Dice el rata del grupo, él
que se pasa los sábados llamando a la radio para conseguir esa entrada gratis.
¿Cuántas veces contamos la misma historia?
¿Cuántas veces la cambiamos, la reinterpretamos, la editamos? Nuestra historia
no es nuestra historia, es tan solo un nuevo recuerdo de alguno previo. Y esa
entelequia es el material con el que construimos el relato de nuestra vida.
VI
¿Dije que iba a gastarse los cincuenta
pesos en cinco minutos? Soy un exagerado… A los dos minutos estaba afuera. Nos
volvemos en remís, cuando pasamos por el Aero Club uno dice “mañana vamos a
venir a esta pileta, los del de monjas tienen equipo de fútbol y vienen acá” No
le damos bola al comentario, seguimos hablando de sexo y economía. Todavía no
sabemos que los términos de la economía no rigen para la vida. En la economía
las ganancias se acumulan y las pérdidas no. Pero en la vida, las que se
acumulan son las pérdidas. Las ganancias pasan... en cambio, el dolor, las
ausencias, los fracasos se acumulan.
Fogwill dijo en un cuento, que los días,
cuando nos resultan parecidos unos a otros, suelen darnos una constancia y esa
semejanza produce sensación de felicidad. En esos veranos, en La Carlota, los
días, de semejantes, parecían no terminar nunca.
Bernardo Stinco, La Carlota, 26 de febrero de 2018